domingo, 20 de abril de 2014

Robert Silverberg

Robert Silverberg, agosto 2009
Creía que había leído bastante de Silverberg, pero es un escritor tan prolífico que no llega ni a un cuarto lo que tengo de él. En las últimas páginas de los volúmenes suyos publicados por La Factoría de Ideas se incluye una nota sobre el autor que adjunta bibliografía. En Regreso a Belzagor se reseñan 82 novelas, 28 antologías de relatos suyos (tiene escritos y publicados más de cuatrocientos) y 53 libros de otros géneros que no son ciencia ficción. Los premios obtenidos por el autor son: cuatro Hugo, siete Locus, cinco Nebula, dos Gigamesh y un Júpiter. La bibliografía que consultamos al final de Tiempo de cambios suma 86 novelas: está actualizada a 2003 (la anterior llegaba hasta 1998). En la nota también se apuntan cuestiones como sus temas recurrentes. Señala tonos de soledad, tristeza y devastación interior, y obsesiones de mesianismo, dolor y expiación de culpa. Lo del mesianismo no lo he visto mucho, pero bueno; algo hay. Más adelante añade el viaje en el tiempo, la muerte, los alienígenas, la telepatía, la posesión de un don que hace infeliz, el sexo, la religión y los mundos alternativos o ucronías. Estoy de acuerdo, en base a lo poco que he leído, e incluiría dos temas que, a mi juicio, son importantes en su obra: la comunicación o su ausencia, más bien, y las drogas. El poder casi absoluto aparece también con bastante frecuencia. En realidad, yo creo que el tema central en Silverberg es el de la comunicacion, y a él se subordinan los demás.
A pesar de los muchos años que abarca su producción, no he advertido un especial empobrecimiento o enriquecimiento en su obra debido al tiempo: Silverberg es bastante fiel a sí mismo y a sus temas recurrentes: comunicación, soledad, confesión y sexo, fundamentalmente. Le preocupa la exploración interior más que las grandes epopeyas o batallas o, como se llaman, "space operas" (aventura, acción). Cobra fuerza la introversión, la reflexión, el tratamiento psicológico, ambientado en un entorno que no necesariamente es demasiado fantástico ni científico, sino bastante realista en algunas novelas.
Debo admitir que Silverberg es uno de los autores que más me gustan, además de que es tan prolífico y se ha editado tanto en España que, aunque haya pocos libros suyos nuevos en el mercado, se encuentran muchos con gran facilidad en las librerías de viejo y bibliotecas, además de digitalizados. A mí, realmente me gusta tener y leer los libros tradicionales, en papel, pero la verdad es que el ebook es muy socorrido para los títulos difíciles, además de económico. A los que, como a mí, les guste este autor, no van a tener problemas para leerlo en cualquier modalidad.

Silverberg, Robert, Espìnas, ed. Ultramar, Barcelona, 1990. Trad. Alberto Solé.
Thorns, 1967.

Sin duda, este es uno de los libros más oscuros de Silverberg. Sentimientos de dolor y culpa invaden el relato de principio a fin. La historia es extraña: por un lado, a un ser humano, el astronauta Minner Burris, unos alienígenas que se suponían amistosos le han cambiado el cuerpo humano por entero. Su nuevo aspecto es rechazado por la sociedad y por él mismo, que se ha encerrado en una habitación y de allí no sale. Por otro lado, asistimos a los remordimientos de Lona Kelvin, a la que se describe al principio de la novela como Una virgen de diecisiete años con un centenar de críos. Lona ofreció su cuerpo, sus ovarios, para un experimento genético de fecundación extrauterina. Ella, esta madre atípica, no logra asimilar lo que hizo. La idea es hacer una pareja de estos dos seres que se consideran a sí mismos monstruosos, y es idea de Duncan Chalk, un multimillonario morboso, dueño de un vasto imperio mediático y de atracciones, al que solo divierte el dolor de los demás. Los viajes de la pareja imposible serán retransmitidos a todo el mundo en un programa de los que ahora llamaríamos "reality show"; una especie de Gran Hermano vislumbrado por el autor allá por los ya lejanos años 60. Al trío de monstruos se unen los dos ayudantes de Chalk, los odiosos Aouad y Nikolaides, espías a sueldo que se llevan mal entre ellos.
En fin. La historia no avanza plácidamente: los novios pasan del amor al odio cuando se van cansando uno del otro, que es lo que se pretendía. Es una historia, decía, oscura, llena de culpas, remordimientos, melancolía, misantropía, pesadillas y odio. ¿Puede extraerse algo positivo, alguna lección de este sufrimiento? Pues sí. El dolor es instructivo, dirá un personaje en la última línea de la novela, en un final que abre puerta a la esperanza, al renacer. Es un relato oscuro, pero a la vez esperanzado y, de alguna manera, diría que catártico. Merece la pena leerlo.

Silverberg, Robert, Las máscaras del tiempo, ed. Ultramar, Barcelona, 1990.
Vornan-19 o The Masks of Time, 1968.

De Las máscaras del tiempo no voy a decir nada porque no la recuerdo. Sé que no me gustó y me costó terminarlo, pero poco más.
El escritor de una obra tan descomunal no puede, evidentemente, estar siempre a la misma altura. Se coincida o no con otros lectores en el juicio, en eso estarán todos de acuerdo. Hay obras menores, o aburridas, y esta es, creo yo, una de ellas. Supongo que dentro de un tiempo la releeré por si ocurre que no supe entenderla en su momento.
La portada de Antoni Garcés es, como todas las suyas, maravillosa.


Silverberg, Robert, El hombre en el laberinto, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2012. Trad. Almudena Romay Cousido.
The Man in the Maze, 1969.


Tanto el hombre como el laberinto son reales en la novela: no es un título meramente simbólico. El hombre es el protagonista, Richard (Dick) Muller, y el laberinto es la obra de una desconocida raza alienígena en el planeta Lemnos. Muller vive allí en completa soledad porque se ha exiliado del resto de la humanidad a causa de una modificación que le realizaron otros alienígenas, los del planeta Beta Hydri IV, telépatas que no podían comunicarse con él mediante el lenguaje humano. A Muller le abren, por decirlo así, las compuertas de la mente, de modo que su flujo psíquico puede percibirse y eso lo hace insoportable al resto de los humanos, su amada Marta incluida. Nadie le soporta por su emanación mental, pero será por eso por lo que lo van a buscar al peligroso laberinto, ya que es lo único que, a lo mejor, puede llegar a la incomprensible nueva raza alienígena, los extragalácticos. Muller no quiere servir de conejillo de indias otra vez, pero tampoco se resigna totalmente a su soledad; añora el contacto con sus semejantes. Este dilema, seguir aislado o volver, es el laberinto mental particular de Muller, que no ve una salida clara. En la novela se explicita a través de pensamientos del protagonista y de diálogos mantenidos con Ned Rawlins, hijo de un antiguo amigo suyo. El aderezo aventurero lo pone el peligroso laberinto, erizado de trampas mortales, y la narración en flashback de la operación diplomática anterior de Muller en el planeta Beta Hydris IV.
Es una buena obra de Silverberg. Se lee de un tirón, entretiene y contiene ideas sobre, al menos, el miedo al rechazo, la esperanza, la mentira, el sacrificio y la inocencia.
Imagen de LupulSinguratic
Sigue una estructura cronológica lineal, con recuerdos (flashbacks) insertados, pero se advierte una mínima experimentación formal en la numeración de los capítulos, caótica, quizá reflejo del laberinto, y en su longitud, sumamente dispar. Los capítulos se distribuyen de la siguiente forma: 1- 2 - 3 - 2 -2 -3 - 3  (dieciocho páginas) - 4 - 2 - 3 - 5 - 6 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9  (una línea) - 10  (una línea) - 11 - 3  (una línea) - 7 - 5 - 3 - 10 - 13  (vacío, sin escritura) - 14 - 15 - 16 - 17  (una línea) - 18 - 19 - 20 - 21 - 22 - 23 - 24 - 25 - 7 - 2 - 3 - 4 - 8  (veinte páginas) -9 - 2 - 3 - 4 - 10 - 2  - 3 - 4 - 11 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 12 - 2 -  3 - 4 - 13 - 2 -3 - 4 - 5.
No sé si sigue algún patrón; creo que no. Lo que más se repite es 2 y 3; solo hay un 1, el primer 13 no contiene escritura, acaba en 5... No creo que tenga una especial significación, solo eso, formar un laberinto numérico, curioso juego que acerca la novela a la experimentación formal de la narrativa de los años sesenta y setenta. Aquí conviene recordar que Silverberg no es un escritor de ciencia ficción del montón: es un hombre de una vasta cultura literaria que asoma en sus escritos.


Silverberg, Robert, Alas nocturnas, ed. Edhasa, Barcelona, 1979.
Nightwings, 1969.

Para mí, esta es una de sus mejores novelas. Como en otras, combina ciencia ficción con una ambientación medievalista de gentes ambulantes, mercadillos, malabaristas, pequeñas poblaciones separadas unas de otras por campos agrestes, jerarquía social muy marcada, y otros detalles de ese tipo en un lejano futuro de la Tierra. La leí hace unos diez años, por lo que no recuerdo detalles concretos, aunque sí que me gustó mucho su historia y ambientación tirando, como en el título, a nocturna y decadente. Se da el que para mí es su tema favorito, el tema de la comunicación frustrada, la mentira, la ocultación de verdades fundamentales. Es una obra imprescindible para los que gusten de la ciencia ficción. Por suerte, existen numerosas ediciones y es muy accesible.


Silverberg, Robert, Regreso a Belzagor, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2002
Downward to the Earth, 1969.

Otro gran título. Junto a temas como el viaje expiatorio y la incomunicación, que se menciona expresamente en alguna parte del libro (capítulo siete), el libro se presenta como un relato de aventuras en una naturaleza alienígena donde el protagonista tratará de descubrir la relación entre varias de las diferentes especies del planeta (nildores y sulidores). Aparece una droga esencial: el "veneno prohibido" y, curiosidad, una cita latina que debe gustar a Silverberg y que en he leído en otro libro suyo (Muero por dentro): In vino veritas. Es un buen libro que se disfruta por sus aventuras y descripciones de paisajes. La parte filosófico religiosa se lee con interés: ni aburre ni sobra, ya que forma parte de la trama.
Creo que, por desgracia, lo han descatalogado.


Silverberg, Robert, La torre de cristal, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. Trad. Almudena Romay Cousido.
Tower of Glass, 1970.

El multimillonario Simeon Krug está construyendo una torre que debe tener al menos mil quinientos metros de altura para poder enviar desde ella mensajes instantáneos, superando la velocidad de la luz, a una lejana estrella origen de ciertas señales numéricas, es de suponer que de una raza inteligente. La torre está siendo edificada a gran velocidad con un alto coste en accidentes laborales de los androides que trabajan en ella. Los androides son creación del mismo Krug. En principio, la construcción de esa torre, entre septiembre de 2218 y febrero de 2219, parece ser el motivo central de la novela. Pero pronto descubrimos que una trama aparentemente secundaria es la que importa verdaderamente: la de las dudas de los androides por definir su identidad, si son personas de pleno derecho o meros sirvientes de los humanos y si la mejor forma para decidir quiénes son realmente pasa por el activismo político o por la religión (Krug es su dios). En esta incertidumbre sobre la naturaleza de los androides hallamos el núcleo del relato y el que lo conducirá a su desenlace. La situación de estos marginados sociales del futuro es comparada con la de los negros estadounidenses en el pasado, sin derechos, y ocasiona una serie de cavilaciones sobre creadores y creados, libertad o esclavitud y rebelión o sumisión. No son unos pensamientos que adquieran tintes excesivamente filosóficos o religiosos, pero son temas potentes para la reflexión. El autor lo muestra desde una óptica intimista, entrando en los pensamientos vacilantes de humanos y androides.
Adereza la reflexión una ciencia ficción tecnológica: en la Tierra se puede viajar instantáneamente a cualquier punto gracias a los teletransportadores (me pregunto si no tomaría de aquí la idea Dan Simmons para su Hyperion) y otros medios de transporte entre los que se encuentran las naves espaciales (cobrará mucha importancia una de ellas). Además, destaca un entretenimiento, la Derivación, que consiste en la capacidad de conectar una mente a otra y así entrar en los pensamientos de la otra persona con la que se esté. Como se ve, las características notas de Silverberg de intimismo, dudas, religión, sexo (lo hay entre androides y humanos y entre androides por primera vez), telepatía y, por supuesto, comunicación (la comprensión de los verdaderos sentimientos de Krug hacia los androides será lo que precipite los acontecimientos) abundan en la novela. Esta es, por esa mezcla de acción y reflexión, una obra típica de Silverberg, que disfrutarán todos los seguidores del autor.
El libro, por cierto, ha sido descatalogado recientemente, pero supongo que se podrá adquirir en formato electrónico.
Silverberg, Robert, Tiempo de cambios, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008.
A Time of Changes, 1971.

En dos palabras: (in)comunicación y droga. Suena mal, pero no es mala novela. Poco espectacular comparada con otras, como las dos anteriores, es más psicológica. En una sociedad donde el Pacto prohibe expresar los propios sentimientos y emociones y las palabras "yo", "mi/mí" y similares son obscenas, algunos como el protagonista sienten la necesidad de abrirse a los demás, y lo conseguirán mediante una droga de la que, como en otros libros, se describen los efectos. Por lo demás, hay viajes, sexo, huidas y persecuciones, religión, poder... Me ha gustado, pero me chirrían dos detalles. Uno: en un mundo donde la ambientación es pseudomedievalista o primitiva, de tecnología poco evolucionada, comunicaciones a pie o en barco, cartas, documentos no informatizados, etc.,  me chocan ciertos detalles como los teléfonos que aparecen de vez en cuando. Lo encuentro anacrónico dentro del propio tiempo de la novela respecto, ya digo, a otros datos.
Lo otro que no me cuadra es algo que no tiene nada que ver ni con el autor ni con el texto, sino con la editorial, y es la portada del libro, que no se refiere a nada del contenido. Puede parecer una frivolidad el comentario, pero lo primero y lo que más se ve de un libro es su portada, y más si consiste por completo en una imagen. Una de las labores editoriales que supongo más importantes, porque atrae compradores (y el librito cuesta casi 20 euros) es la elección de su imagen de portada. Para mí, esta es una mala elección. En sí, está bien, pero sería, entiéndase, como si se la ponemos al Quijote. No pega.


Silverberg, Robert, El mundo interior, ed. Orbis, Barcelona, 1985.
The World Inside, 1971.

Grande, grande. Para mí, la mejor obra de Silverberg.
La humanidad vive enclaustrada en enormes torres de apartamentos  donde tienen todo lo que necesitan y las mujeres son compartidas. Si alguien se cuestiona el sistema, ahí están los psicológos reformadores de conducta para corregirlo. La insatisfacción personal lleva al protagonista a escapar, a convertirse en un renegado para su sociedad, que ya no lo admite, y tampoco encaja en el exterior. Un espíritu libre y crítico, en pleno ascenso al poder, que sopesa las ventajas e inconvenientes de su sociedad y descubre que no le gusta y que, sorpresa, está solo en su descubrimiento: no va a tener seguidores y eso... No desvelaré el final, memorable y emotivo. Es una grandísima novela sobre las sociedad y nuestro papel en ella, la colectividad y el individuo, la verdad dolorosa o el dulce engaño, la fidelidad, la traición, el poder y el amor.

Silverberg, Robert, El proclamador. La ida, ed. Albia, Bilbao, 1978. Trad.: Doris Rolfe.
Thomas the Proclaimer. Going, 1971.

Dos novelas cortas integran este curioso volumen de los años setenta. La primera de ellas, El proclamador, narra un episodio divino, un milagro de alcance mundial: la Tierra deja de girar sobre su eje durante veinticuatro horas a partir de las 6:00 del 6 de junio de 1999, seis meses antes del fin del milenio. Este hecho lo anuncia (lo "proclama") Thomas, un predicador religioso cuyos pensamientos se nos revelan y que está lleno de dudas, ya que pese a que él fue quien lo anunció, no tiene mayor contacto con la divinidad. Para el milagro pidió que toda la humanidad rezara a la vez (otro ejemplo de "All together now", tan abundante en los setenta) y ahora no sabe si la Tierra se va a quedar así o qué. La acción de la novela es esa. El resto lo componen imágenes de distintas sectas, cultos y religiones que reaccionan cada una a su manera al milagro, porque no está tan claro como podría parecer que sea un acto divino... Es un relato con mucha religión y muchas religiones, demasiadas, cada una independiente de las demás y de todo. Supongo que ese es el sentido, el mensaje. Pero no está muy claro.
La ida nos sitúa en un mundo utópico donde los avances en medicina han alargado el tiempo de vida hasta el doble más o menos del actual. La forma habitual de abandonar el mundo es eligiendo uno mismo el momento. Henry Staunt, famoso compositor, decide que el tiempo de su "ida" ha llegado, así que llama a un guía, que es amigo suyo, y se va a un centro donde permanecerá hasta que él decida morir.
El tema es, en el fondo, duro, ya que es la elección del momento de la muerte, una eutanasia o suicidio planificado. En la novela, se plantea como una cuasi obligación moral para dejar sitio a las nuevas generaciones, lo que ilustran con la metáfora de una rueda girando. Staunt no tiene dudas ni miedo, pero a la vez no acaba de decidirse e incluso inicia una nueva ópera. Al final, se "irá", pero declara que sigue pareciéndole dulce la vida. Es una narración, como la anterior, ambigua.
En algunos sitios de internet donde se comentan estos dos relatos, elogian el formato, género o lo que sea de la novela corta o cuento largo. Yo creo que esta fórmula rara vez, y estas son del caso común, ofrece resultados satisfactorios por su misma indefinición: ni da tiempo a desarrollar bien las ideas, tramas, personajes, etc., ni obliga a la condensación del cuento, y por eso mismo se quedan como novelas embrionarias que no cierran bien sus conclusiones. Yo prefiero cuentos o novelas de Silverberg a estas novelas cortas.
La portada de la edición merece un comentario: la escultura, horrible, aparece centrada en medio de la nada, con un pie cortado pero mucho aire por arriba y con el objeto que porta desenfocado. Resulta difícil encontrar más errores de composición de imagen en una portada de libro, por muy de los setenta que sea.

 Silverberg, Robert, El libro de los cráneos, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2003. Trad. Carmen Borlacho Goitisolo.
The Book of Skulls, 1972.

Cada capítulo está contado desde la perspectiva de uno de sus cuatro protagonistas: se alternan en la narración de la historia el judío filólogo, estudioso de lenguas romances, Eli, que traduce el libro del título al inglés desde el catalán medieval, nada menos; el homosexual Ned; el hijo de papá, prototípico triunfador,Timothy; y el granjero que huye, exitosamente, de un futuro sin futuro en Kansas, Oliver.
Se dirigen en coche de Nueva Inglaterra a Arizona, ahí es nada. Son unos 3.700 kilómetros que dan para una especie de "road movie" inicial con paradas en Nueva York y Chicago entre otros lugares para dormir y tener sexo rápido (aunque Eli se prenda de una chica) antes de llegar a su destino.
El libro de los cráneos, el manuscrito de la novela, dice que deben llegar cuatro candidatos al templo, y que dos de ellos alcanzarán la inmortalidad, mientras que uno de los otros deberá ser sacrificado y otro deberá siuicidarse. El planteamiento, muy impactante, da para una historia morbosa que en manos de otro escritor más comercial se hubiera quedado, seguramente en eso, en una lucha de gladiadores; pero que en Silverberg sirve para vaciar el alma de los protagonistas: el libro es, de principio a fin, confesional. Los jóvenes (de veinte años y medio a veintidós) hablan de sí mismos y de los demás. Unos perfiles están mejor definidos que otros: Eli es un trasunto, claramente, del propio autor: judío introvertido, enamoradizo, timorato, estudioso. Timothy es guapo y tiene dinero de sobra para mostrarse indolente y pasivo antre todo; es al que más le da igual el asunto de la secta y se toma el viaje como unas vacaciones más de Semana Santa. Es, curiosamente, el que aporta la única nota de humor del relato, al recordar el desastroso encuentro de los padres de los cuatro chicos. Un inesperado y brillante humorismo chispea en esas páginas (91 a 95 en mi edición), lo cual hace lamentar que Silverberg no haya recorrido ese camino más asiduamente. Los otros dos, bueno, no son los personajes más redondos que recuerde. Ned es homosexual declarado y militante, y eso, visto desde la óptica de Silverberg, hace que se vea un frívolo promiscuo, superficial y monotemático. Que además sea escritor es lo de menos: es un rasgo trasladado de Eli para que este no sea tan autobiográfico. Una de las pruebas que deben llevar a cabo en el monasterio es que uno confiese al otro su secreto más íntimo, el que los hace vulnerables a cualquier ataque. La historia de Ned es previsible y tópica. La de Timothy casi que también. La de Oliver es increíble, directamente, máxime si recordamos que en otro momento de la novela manifiesta que el incesto, entre hermano y hermana, es común en Kansas de lo mucho que se aburren, algo que suena también a exageración tremenda. ¿Eso sí pasa y lo de la confesión, que no revelaré aquí, no es admisible? No es creíble. Y el tratamiento a las mujeres, en fin, no sé si recomendar el libro este a ningua, porque no pasan de ser de usar y tirar. Para empezar, Timothy y Oliver se intercambian novias como si fuesen cromos, y de paso, Timothy le presta la suya (Margo) a Eli. Ella, encantada. Por el camino las buscan para satisfacerse y tener donde dormir, y en el templo, una de las pruebas es, por así decirlo, bastante lúbrica: las tres mujeres que hay, de las que no se dice ni el nombre, sirven para que las tomen cada noche los cuatro, una tras otra, y templar así su resistencia (la de ellos) al sexo. Vamos. Este libro puede ser la pesadilla de toda feminista. Mejor disfrutarlo sin tomar en consideración estos aspectos, el tratamiento de la homosexualidad y el lugar de la mujer en la sociedad, que no son, sin duda, lo más logrado del autor.


Silverberg, Robert, Muero por dentro, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2001.
Dying Inside, 1972.

No es ciencia ficción en ningún sentido, salvo que el protagonista es telépata; cada vez menos porque va perdiendo su poder (de ahí el título) y no es el único. Por lo demás, es una novela muy de los setenta, y parece bastante autobiográfica, o podría serlo: el protagonista, Selig, rememora sus tiempos de estudiante universitatio, sus novias, drogas, amigos, familia, trabajo, etc. Su telepatía en vez de contribuir a su sociabilidad, lo aleja de los demás porque sabe demasiado sobre ellos. El estilo narrativo es algo, para mí, pesado, porque al tema psicologista le sigue una forma de casi continuo monólogo interior. El protagonista se atormenta y culpabilliza por su don, que le causa más pesares que alegrías, y, de hecho, se empezará a llevar bien con su hermana y su sobrino cuando pierda su poder.
Contiene, algo poco habitual en el autor, digresiones, ya que el protagonista vende sus trabajos sobre literatura a universitarios vagos que no quieren hacerlos, y aprovecha para insertar parrafadas sobre El proceso y El castillo, de Kafka, entre otros. A mí me gustaron esos fragmentos, pero son, repito, digresivos. La novela está más cerca de la narrativa psicológica que de la de ciencia ficción, lo cual conviene tener en cuenta para no llevarse una decepción. De todos modos, la sacaron en formato grande, luego en bolsillo y han terminado, para variar, por descatalogarla, así que va a ser difícil de encontrar fuera de tiendas de libros de segunda mano o bibliotecas.


Silverberg, Robert, La fiesta de Baco, ed. Caralt, Barcelona, 1978. Trad. Beatriz Podestá y Antonio Prometeo Moya. 
The Feast of St. Dionysus, 1973-1975.

Se trata de un volumen que reúne cuatro cuentos escritos entre los años 1973 y 1975; es decir, poco después que las ya comentadas novelas Muero por dentro y El libro de los cráneos. Son relatos que contienen un indefinible pero perceptible aire de los setenta en su afán de libertad, de romper con tabúes sexuales y sociales, en su reivindicación de otras formas de vida alejadas del estándar, en resumen. Seguramente, en el futuro se vea a Siliverberg como escritor paradigmático de aquella época por títulos como este.
1. La fiesta de Baco. Buscando la expiación de un sentimiento de culpabilidad que le atormenta implacablemente, el protagonista John Oxenshuer huye al desierto, donde se encuentra con una extraña comunidad de hombres y mujeres que viven de forma alternativa a la sociedad. No los llama así, pero podemos decir que son hippies (o jipis, como recomienda la RAE). Entre ellos intentará John paliar esa culpabilidad que se trajo de su expedición a Marte y que es inmerecida.
Temas típicos del autor: culpabilidad, soledad, necesidad de integración pero con cierta renuencia, y vino: mucho, mucho vino. Al autor le debe de encantar el vino, porque aparece en todos sus libros de una forma u otra.
2. Viajes. El viaje en el tiempo se conjuga en este relato con el viaje por otras dimensiones alternativas, otros de los universos infinitos adosados al nuestro. El protagonista viajero termina por encontrarse a sí mismo y a su mujer en otro de esos universos, sin consecuencias trágicas, afortunadamente.
3. En la casa de las mentes dobles. Protagonismo femenino para un relato ambientado en un centro donde se forma a los jóvenes aprendices en la habilidad para manejarse con los dos hemisferios cerebrales disociados, lo cual les capacita para adquirir una nueva visión de las cosas, más, digamos, holística; menos mediatizada por la cultura oral y escrita, por el lenguaje.
4. He aquí el camino. Bella fantasía donde se cruzan razas homínidas con ambientación sociocultural vaga pero apreciablemente medievalista. Distintas razas tradicionalmente indiferentes o enfrentadas entre sí deben llegar a equilibrios pactados ante amenazas comunes. El fondo fantástico es bastante peculiar, si bien me recordó fuertemente al inicio de La historia interminable, a su primer capítulo, en el que se encuentran de noche en el bosque, de camino a la Torre de Marfil, un fuego fatuo, un comerrocas, un silvo nocturno y un diminutense. Teniendo en cuenta que este relato es anterior al libro de Ende (1979), me pregunto si no llegó a leerlo y le sirvió como inspiración, al menos en parte.


Silverberg, Robert, Sadrac en el horno, ed. Ultramar, Barcelona, 1989.
Sadrac in the furnace, 1976.

No es una gran obra, aunque tiene su interés. Se centra en el poder, ya que trata de un todopoderoso tirano muy unido a su equipo médico, que le va "parcheando" para que siga vivo y coleando. Como curiosidad, diré que está situada en el reciente año de 2012. No la recuerdo demasiado, pero sí que es algo angustiosa y que termina bien para el protagonista.



Silverberg, Robert, Juegos de Capricornio, ed. Caralt, Barcelona, 1979. Trad. J. M. Pomares.
Capricorn Games, 1979.

Extraño ramillete de cuentos, no todos logrados, que se mueven entre la ciencia ficción y la autobiografía.
1. Juegos de Capricornio se ambienta en una fiesta de cumpleaños en la que una persona puede ofrecer la inmortalidad a unos pocos elegidos. El giro a lo Cortázar del final no está muy bien conseguido.
2. La sala de la fama de la ciencia ficción ofrece retazos de literatura clásica del género en un marco más o menos realista que puede suponerse autobiográfico. Resulta interesante comprobar lo fácilmente que se mueve el autor por los distintos registros de la ciencia ficción.
3. La señorita Found en una máquina del tiempo abandonada es poco parecido a su largo título. El personaje central critica algunos aspectos de la sociedad y la política estadounidense del momento, finales de los setenta. El final resulta curiosamente unamuniano.
4. Nave-hermana, Estrella-hermana es el primer cuento del libro que puede incluirse en la ciencia ficción como tal. Es una bonita historia con nave espacial, velocidad superlumínica, telépatas, estrellas, etc.
5. Un mar de rostros me recordó a La muerte del doctor Isla, de Gene Wolfe, por tratar también de una novedosa y arriesgada terapia psicológica. No es un cuento memorable, la verdad.
6. El dybbuk de Mazel Tov IV combina tradición judaica con extraterrestres. Estas mezclas no suelen funcionar. Aún así, es curioso.
7. Un pequeño burócrata. Hay que llegar al final para leer la mejor historia. Trata de la búsqueda desesperada del programa maestro robado del ordenador central de un distrito, Ganfield Hold, de la enorme ciudad en que se ha convertido la Tierra. El protagonista debe atravesar distritos hostiles acompañado de extraños aliados para recuperar el programa de manos de la ladrona, su esposa del mes, Silena. Es un buen cuento que merecería figurar en alguna antología más selecta del autor, si algún editor se dignase a realizarla.


Silverberg, Robert, El castillo de lord Valentine; El laberinto de Majipur; Crónicas de Majipur; Valentine pontífice, ed. Ultramar, Barcelona, 1988.
Lord Valentine's Castle, 1980. Majipoor Chronicles, 1981. Valentine Pontifex, 1983.

Esto fue lo primero que leí de este autor y me fascinó. La crítica, si juzgamos por las palabras del autor de la nota incliuida en Regreso a Belzagor, no lo considera muy bueno. Dice que la serie va desde lo correcto declinando paulatinamente. A mí no me lo parece. Las aventuras de lord Valentine en el inmenso planeta Majipur sin saber quién es ni dónde va ni què hacer atrapan por sus incógnitas. Las descripciones del mundo de los malabaristas ambulantes merecen su lectura por lo inusitado de una explicación del placer en representar estas actuaciones circenses ante el público y llevar una vida errante, nómada.
La editorial Ultramar lo publicó en dos tomos, pero el original, que Acerbo respetó, es un solo tomo.

El tercero, Crónicas de Majipur, consiste en diez relatos enmarcados por Epílogo y Prólogo, donde se recorren personajes y épocas de diferentes lugares del planeta. Puede parecer alejado de la trama principal, pero Silverberg
se desenvuelve muy bien en las historias cortas. Aparecen personajes nuevos y algunos de las otras novelas, además de diferentes espacios. Algunos cuentos, como el titulado Una ladrona de Ni-Moya, se leen con auténtico placer. Ninguno me ha resultado aburrido.

El último libro, Valentine pontífice, es, para mí, el más flojo. Ya resuelta la trama principal, ahora la acción se centra en el complot de los metamorfos para hacerse con el control del planeta. Aunque menos interesante que los otros, también porque el factor sorpresa de los primeros ya no cuenta en este libro, si se disfrutaron los anteriores, también gusta este último. Y digo último porque a España no han llegado más; pero en la bibliografía de Silverberg constan más títulos ambientados en Majipur: The mountains of Majipoor, de 1995; Sorcerers of Majipoor, de 1997; y Lord Prestimion, de 1999. Por mucho que la serie decaiga, a los afinicionados nos gustaría que alguien la publicara. La leeríamos gustosos. Al menos, la compraríamos, que es lo que importa a las editoriales.


Silverberg, Robert, Rumbo a Bizancio, ed. Robel, Madrid, 2004.
Sailing to Byzantium, 1985.

Una interesante y bella novela corta donde aparece el viaje en el tiempo con un tratamiento que a mí me recordó al que le da Simmons en Ilión y Olimpo. Ambientada en un futuro lejano utópico en que los humanos se dedican a ir de viaje divirtiéndose en ciudades antiguas recreadas, a veces se resucita a algún antiguo como el protagonista. El autor describe una humanidad muy homogénea en la que las diferencias raciales han desaparecido y los hombres y mujeres poseen rasgos caucásicos, africanos y asiáticos proporcionados y equilibrados. Esto lo han previsto pocos escritores de ciencia ficción, que yo sepa, y es una evolución futura plausible.
El otro relato del libro, Bailando en el aire, de Nancy Kress (Dancing on Air, 1997), es muy interesante y ameno. Trata el sacrificado mundo de la danza en un futuro en que los bailarines se someten a tratamientos para incrementar sus potencialidades.

Por desgracia, la editorial Robel ya no existe. Es una pena, porque publicó grandes obras en su colección El Doble de Ciencia Ficción. Aquí vende lo que vende, y la literatura de este género, aunque sea excelente, no es lo más popular, precisamente.

Silverberg, Robert, Al final del invierno, ed. B, Barcelona, 1990. Trad. Paola Tizano.
At winter's end, 1988.


En esta novela se aprecian muy claramente los motivos llamados de la ciencia ficción "New wave" o "Nueva ola". La habitual carga psicológica de los personajes creados por Silverberg, cada uno con sus inclinaciones, preferencias y rechazos, fuentes de roces y reequilibrios con los demás personajes, se une a una vuelta a lo primitivo, a lo esencial, a la Tierra virgen. En resumen, la novela trata de un grupo de (post)humanos que, tras vivir en cuevas durante 700.000 años debido al frío en la superficie del planeta, salen a la nueva primavera. Este grupo de sesenta miembros liderado por una mujer se enfrenta a una Tierra que no es la nuestra, sino los restos de una civilización muy avanzada en la que junto a los humanos habitaban otras razas, casi todas ellas desaparecidas ya. Los animales y plantas son, asimismo, desconocidos para nosotros. Es decir, el lector va descubriendo el mundo exterior a la vez que los personajes, lo cual es un logro narrativo del autor, ya que si describiera nuestro mundo supongo que solo conseguiría aburrirnos. El grupo se instala en las ruinas de una ciudad de la que tratará de desenterrar maravillas tecnológicas perdidas. Silverberg, claro está, no se limita a deslumbrar, sino que los hallazgos sobre la civilización perdida van a servir sobre todo para iluminar cuestiones relativas a la identidad profunda de los nuevos habitantes del planeta. Estos, por otra parte, constituyen una sociedad muy elemental que celebra ritos a menudo con ocasión de cada amanecer, mayorías de edad, uniones, natalicios, etc. y que adora a unos dioses elementales. La psicología de los miembros más relevantes del grupo entra varias veces en conflicto con los intereses de ese grupo, solucionándose no siempre de forma pacífica, aunque existe reconciliación final y esperanza en el futuro, cuando la Tierra se repueble con los grupos que vayan surgiendo del largo invierno.
En definitiva, es una bella novela sobre el renacimiento y la esperanza, sobre la vida más allá de la cuasidestrucción. El clásico tema de la civilización postapocalíptica adquiere una dimensión humana y emotiva en manos del genial Silverberg.

 Silverberg, Robert y Harber, Karen, Tiempo de mutantes, ed. B, Barcelona, 1993. Trad. Hernán Sabaté.
Mutant Season I, 1989.

Pfff. Vaya bodrio. Para empezar, no la ha escrito Silverberg. Él dice en el prólogo que escribió un cuento homónimo publicado en 1973 y que años después un amigo suyo le dijo que lo ampliara a novela, y que podría hacerlo su mujer (Karen Harber, la segunda; la primera fue Barbara Brown). La colaboración ha consistido en tomar la idea del cuento (no lo he leído, así que no juzgo el grado de fidelidad) y poner el nombre Robert Silverberg en la portada. La novela, evidentemente, es de la mujer, y es una novela rosa bastante mala, repleta de familias, matrimonios, enamoramientos, encuentros, rupturas, bodas, etc. En los diálogos (sosos y banales) se dicen cosas como "Estoy enamorada de él" o "la única respuesta a nuestras preguntas es el amor". Hay que hacer un esfuerzo continuo y sostenido para leerlo y, la verdad, no merece la pena. En una página web dedicada al escritor, Majipoor, se dice que esta novela inspiró una serie de televisión francesa en 2010. A lo mejor en pantalla da mejor que en papel, no sé. Yo no se la recomiendo a nadie.


Silverberg, Robert y Asimov, Isaac, Anochecer, ed. Plaza y Janés, Barcelona, 1993. Trad. Domingo Santos.
Nightfall, 1990.

Este relato es un ejemplo de que cuento y novela son géneros diferentes, y de que lo que funciona en un cuento, en este caso uno de Asimov de 1941, no tiene porqué funcionar en una novela. A mi juicio, las causas son dos: una, que lo que ocupaba unas líneas ahora abarca varias páginas sin añadir nada nuevo, o sea, se diluye lo contado y se convierte en un rollo. Dos, que lo que en el cuento puede impactar y ser creíble, aquí pierde verosimilitud. 
Vamos a ver el resumen: el brillante planeta Kalgash, bañado por la luz de seis soles (cuyos nombres se repiten hasta la saciedad), solo conoce una noche cada 2.049 años debida a un eclipse. Esto solo lo saben unos fanáticos religiosos, los Apóstoles de la Llama, pero ahora lo ha descubierto un astrónomo, Beenay (páginas y páginas sobre lo confuso que está, las comprobaciones que debe hacer, lo mal que se siente... sobran), que se lo comunica a su mentor, el superastrónomo Athor (¡a ver cómo se toma que se contradiga su Ley de la Gravitación Universal!, no sé cómo decírselo, pediré consejo a mi amigo el periodista... Paja y más paja de relleno). Además, la información de Beenay la corrobora la arqueóloga Siferra, que halla en una ciudad excavada (Beklimot) hasta siete niveles de civilización destruida cada dos mil años por fuegos. Ocurre, información que suministra el psicólogo Sheerin, que los habitantes de este planeta son incapaces de estar a oscuras: se vuelven, literalmente, locos. Esto es un obstáculo importante a la credibilidad de la novela, porque no se sostiene. El eclipse llega y la gente se vuelve loca, sobre todo al ver las estrellas: "las Estrellas le aguardaban en toda su terrible majestad [...]. Se sintió abrumado por su visión. [...] Se arrastró por el suelo, ahogado por el miedo" (página 256). Lo que hacen los habitantes de Kalgash es provocar incendios y acabar así con su civilización. ¿Es creíble? Yo creo que no. La última parte se centra en la búsqueda de Theremon, el periodista escéptico, y Siferra, con Beenay y otros (casi todos se vuelven locos pero los protagonistas no, vaya) de una salida, una posible reconstrucción de ese mundo devastado. Para mí, esta es la mejor parte de la novela, aunque es difícil salvarla en el último tercio y el final es un poco raro, por así decirlo.


sábado, 29 de marzo de 2014

Las edades de la luz / Liquidaciones de La Factoría de Ideas

MacLeod, Ian R., Las edades de la luz, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2005. Trad. Pilar Ramírez Tello
The Light Ages, 2003.

De vez en cuando, la editorial La Factoría de Ideas hace liquidaciones de algunos de sus títulos. Es una oportunidad que suelo aprovechar para hacerme o bien con libros que esperaba o bien con otros que no hubiera comprado, por un precio unas cinco veces inferior al inicial, a veces hasta de veinte veces por debajo. Algunos relatos memorables, como Brasyl, de Ian McDonald; Las fuentes perdidas, de José Antonio Cotrina; Inversión primaria, de Catherine Asaro (me costó un euro en un mercadillo), o La torre de cristal, de Robert Silverberg, por citar algunos, se pueden conseguir junto a otros que, francamente, no merece la poena comprar, por baratos que sean, ni leer. Es el caso de Las edades de la luz. Es una novela que ni es de ciencia ficción ni es de fantasía más allá de cuatro pinceladas. Es una especie de ejercicio de historia alternativa (una ucronía fantástica), concretamente de cómo hubiera podido ser la revolución industrial inglesa de haber existido el elemento mágico llamado éter, que nos es contada desde el punto de vista del personaje protagonista: Robert Borrows.
El argumento general es la lucha de Robert y otros por que la riqueza se reparta mejor (la vieja historia del mundo capitalista que habitamos; nada nuevo bajo el sol): por que el egoísta sistema de gremios que controla la producción a costa de una masa enorme de bajos gremiales y población no asociada a ningún gremio caiga y se inicie una nueva época más justa. Bien. Es un argumento potente. Lo lamentable es que se diluya en una serie de páginas áridas en las que no se cuenta nada; en unas morosas descripciones costumbristas absurdas; en una historia de amor incomprensible y no culminada entre el protagonista y su amiga, por decir algo, Annalise; en una galería de personajes desdibujados; en unas acciones que avanzan a trompicones y en un desenlace que no es tal. Después de tragarse uno páginas y páginas de auténtica purrela, se encuentra con que por fin llega al final y está como al principio. Encima, todo lo baña con un esteticismo relamido y soso que, además, no pega con lo que cuenta. En fin.
Para más inri, en ciertos elementos y motivos recuerda a Dickens, concretamente al de Grandes esperanzas. Cualquier comparación es odiosa, pero si encima es con Dickens, grande entre los grandes, no hay color.
No merece la pena, decía, ni adquirir esta novela (la han descatalogado, en este caso, y es mi opinión, con  razón).
Lo mismo ocurre con otras novelas, no con todas, repito, liquidadas por la editorial La Factoría de Ideas. Recuerdo con estremecimiento Desconexión, de Neal Asher; Danza de huesos, de Emma Bull; La fusión de mentes, de Jack Dann y El misterio de Stonehenge, de Jack Williamson. Leer cualquiera de ellas, y no digo ya todas, es una pérdida de tiempo. Son malíííííísimos.
Pero, no hay que ser injustos: La Factoría de Ideas también liquida libros que son auténticas joyas. Regreso a Belzagor y La torre de cristal, de Silverberg; La cicatriz y El rey rata, de China Miéville; el maravilloso Las fuentes perdidas, de José Antonio Cotrina, una novela española increíble que me descubrió a este autor (ya le dedicaré una entrada exclusiva); Brasyl, de Ian McDonald; Todos sobre Zanzíbar, de John Brunner, un clásico, y otros que tengo adquiridos y que aún no he leído, así que no opino de ellos por el momento, como Desgraciadamente, Philip K. Dick ha muerto, de Michael Bishop; El río de los dioses, de Ian McDonald; El colapsio, de Will McCarthy o El artefakto, de Iain M. Banks, entre otros (tengo alguno más pendiente de leer). Otros también me gustaron mucho, como El beso de Milena, de Paul McAuley (la editorial parece sentir debilidad por los autores apellidados Mc o Mac algo). La portada es, como todas las ilustraciones de Koveck, alucinante.
Algún otro libro me alegro de haberlo comprado de rebajas, como el horroroso Incordie a Jack Barron, de Normand Spinrad. Después de disfrutar cada palabra de Pequeños héroes, que se encuentra descatalogado, por desgracia, me lancé a por la considerada su obra maestra y me llevé un chasco monumental. La traducción, con notas en medio de la página, no ayuda a digerir una historia que se arrastra a no se sabe dónde. He leído por ahí críticas muy elogiosas a esta novela que a mí me costó Dios y ayuda terminar. Para gustos, los colores.
Otros no han respondido a lo que esperaba de ellos, pero al menos se dejan leer. Por ejemplo, Galveston, de Sean Stewart.
En todo caso, tanto yo como supongo que muchos lectores aficionados a la CF se frotarán las manos cada vez que se liquidan libros de esta u otra editorial. Ojalá se hiciera más a menudo.



sábado, 4 de enero de 2014

Futureland, Walter Mosley

Mosley, Walter, Futureland, ed. Suma de Letras, Madrid, 2003. Trad. Gloria Mengual.
Futureland, 2001.


Aunque pueden leerse por separado, los nueve relatos de Futureland comparten un mismo espacio y tiempo, numerosos personajes comunes y cruces entre unos y otros, además de referencias dentro de un relato a hechos ocurridos en otro. Puede, por tanto, leerse más como una novela que como cuentos separados (este formato se conoce como fix up). 
Como se purede suponer, el cruce entre géneros negro y de ciencia ficción desemboca en una ciencia ficción de tipo cyberpunk con sus toques característicos de sociedad dividida básicamente en masa paupérrima y pocos riquísimos, manipulación genética e implantes (sin llegar a los ya algo pasados cyborgs), economía capitalista neoliberal extrema, tecnologías de la información y la comunicación avanzadísimas, ciudades estratificadas en ricos, pobres y clase media que prácticamente vive para trabajar, etc. A estos toques les añade Mosley preocupaciones personales sobre las conflictivas relaciones raciales entre negros y blancos (Mosley, negro americano, nació en 1952, por lo que debió vivir  la lucha por acabar con el "apartheid" estadounidense en plena adolescencia) y sobre el papel de la mujer.
El nivel de ciencia ficción de los relatos va de menos a más.
1. Susurros en la oscuridad, el primer relato, comienza como ambientado en los años 50 del siglo XX, con su familia de afroamericanos en que la abuela y el tío cuidad de un bebé, Ptolomey Bent, Popo, niño extremadamente inteligente por el que su familia lo da todo, literalmente, incluyéndose ahí ojos, piernas, etc. Popo devolverá la deuda a su manera, por lo que ingresa en la cárcel.
2. La gran Fera Jones. Alrededor de la mejor boxeadora del mundo, Fera Jones, orbitan su padre, enganchado a la destructiva droga legal Pulso, y su novio, Pell, antiguo habitante de Infratierra, espantoso lugar a donde van a parar los pobres y parados de larga duración, que pierden hasta tal punto su identidad personal que son llamados "Ruido blanco".
3. El Doctor Kismet. Ivan Kismet es quien dirige todo, el amo del mundo, el que hace y deshace, dueño de MacroCode y fundador de la Infoiglesia. Mezcla de genio y loco megalómano. Lo conocemos a través de Fayez Akwande, copresidente del Sexto Congreso Radical, al que concede una entrevista. Fayez busca mayor bienestar para los negros de África: arrancará a Kismet una golosísima producción para Mali. Descubriremos que a Fayez lo asesora Ptolomey desde la cárcel en que cumple condena por lo del primer cuento.
4. Angel's Island. ¿Cómo serán las cárceles del futuro? Descubrimos una posibilidad en este cuento. Barrotes, motines y ranchos son sustituidos por luces, control continuo y drogas. El eterno plan de fuga se verá obstaculizado por la experimentación médica llevada a cabo en presos, ciudadanos sin ningún derecho.
Para mí, es uno de los relatos más impactantes del libro.
5. El detective eléctrico. Folio Johnson y su ojo azul mecánico, regalo de Kismet, investiga extrañas muertes aparentemente accidentales entre los miembros de una sección del Partido Nazi Internacional. Este relato detectivesco, en el que Mosley cultiva su género predilecto, supone una bisagra entre lo visto en los anteriores cuentos, salvo quizá el segundo, y lo que se tratará en los siguientes, especialmente los dos últimos.
6. Voces. Nos reencontramos con Leon Jones, padre de Fera Jones, adicto al Pulso al que dejamos casi terminal, sometido a un novedoso tratamiento de rehabilitación a base de implantes de tejido cerebral. Se lo está realizando el poco escrupuloso doctor Bel-Nan, que posee sus propias motivaciones... Bello relato con referencias a la dulce e inocente infancia.
7. El hermano pequeño. Tras visitar la cárcel, asistimos ahora a uno de los nuevos juicios deshumanizados, con personal jurídico digital, computerizado y automatizado, y capacidad ejecutoria sumarísima. El acusado Frendon Blythe probará el reto clásico de la ciencia ficción hombre contra máquina con resultados ambiguos. Mosley postula la reencarnación informática, y esa será la venganza de Blythe, contra el sistema judicial automatizado ideado por Kismet. Su poder absoluto se encontrará con la primera fisura al final de este relato.
8. En masa. Sin duda, el cuento central del libro y el más extenso, casi una novela corta. La vida del "prod" (oficinista, más o menos) Neil Hawthorne nos adentrará en el espantoso mundo laboral del futuro, en sus condiciones leoninas con la amenaza del paro permanente y su consecuente descenso al Inframundo. El relato dará un inesperado giro cuando a Neil y otros los requiera el reaparecido Ptolomey, recién fugado de su prisión en Madagascar, para evitar el genocidio masivo de negros que planean los Internazis. Se pone en marcha un arriesgado plan de acciones para evitarlo. Sus consecuencias serán imprevisibles.
9. El negro que hay en mí. O eres negro en al menos un 12,5% de ADN o mueres de una nueva enfermedad que ataca al resto de razas humanas. ¿Cómo será el nuevo mundo solo de negros? No lo sabemos, porque precisamente este libro termina con esta frase: El mundo volvía a empezar.

Futureland me ha parecido un conjunto de relatos impresionante, sumamente bien escrito, disfrutable no solo por aficionados a la ciencia ficción, sino por cualquiera. Aporta al género una visión personal sobre la lucha racial y el poder de la inteligencia contra la tiranía y la esclavitud. Mosley es, sin duda, un gran escritor que hará no solo pasar ratos de distracción, sino también de reflexión a sus lectores.





domingo, 22 de diciembre de 2013

Ubik, Philip K. Dick

Dick, Philip K., Ubik, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. Trad. de Manuel Espín.
Ubik, 1969.

En un futuro Estados Unidos de 1992 (futuro en 1969, el año de publicación), el espionaje industrial se nutre principalmente de personas con capacidades de percepción extrasensorial (psis): telépatas, capaces de leer el pensamiento, y precognitivos (precos), capaces de ver el futuro pero no de modificarlo. Por suerte para las empresas, existen antídotos naturales: los antipsis: personas capaces de contrarrestar los poderes anteriores. Los poseedores de tales capacidades son contratados por empresas tanto de espionaje como de contraespionaje, que es la que es a lo que se dedican los protagonistas de la novela: Glen Runcinter, el director, y Joe Chip, medidor de campos y anticampos psis. Runcinter dirige su agencia con la ayuda de su difunta esposa, Ella, mantenida en semivida (los vivos pueden conectar con su cerebro a veces).
A Chip le presentan a Pat Conley, dueña de una nueva habilidad psíquica inaudita: la posibilidad de alterar el presente modificando el pasado. Es capaz de retroceder a un momento del pasado pensándolo, actuar de forma distinta al principio, y alterar así todo el devenir siguiente del tiempo sin que nadie más que ella lo sepa. Hasta ahí la presentación.

La acción arranca con el goloso contrato que, supuestamente, le ofrece a Runcinter uno de los principales empresarios del momento, Stanton Mick. Este necesita que le envíen un nutrido contingente de antipsis para contrarrestar los psis inflitrados en su grupo de trabajadores en la Luna. Una vez allí, resulta que el goloso contrato era un cebo para atraerlos y matarlos (mediante una bomba humanoide autodestructora); era una trampa de Ray Hollis, dueño de una agencia de espías psis. Algunos han muerto, pero ¿quiénes? 
Este resumen, hasta mediado el capítulo 6, un tercio de la novela aproximadamente, corresponde a la parte "normal". Lo que sigue, que prefiero no resumir exhaustivamente para quien no haya leído la novela, es la búsqueda de Joe Chip por encontrar un sentido a su nueva existencia y a los extraños sucesos, regresiones en el tiempo hasta 1939 básicamente, así como extraños comunicados del supuestamente fallecido Runcinter y muertes de sus compañeros, ocurridos a su alrededor... Solo lo salvará el esquivo, difícil y caro producto (mejor en aerosol) Ubik.
Mis Ubik
Esta novela pertenece, según estudiosos de su vida y obra, a la etapa metafísica de la producción de Dick. Realmente, la etiqueta resulta acertada para un relato como este sobre la incertidumbre de la vida, la muerte, la muerte en la muerte, la vida en la muerte, el pasado, el presente y el futuro entremezclados, la realidad y la ficción, la comunicación y la realidad, nada menos: Ubik es un soporte de realidad, nos dice en el capítulo 10. Si Ubik es un soporte de realidad, Ubik es un soporte de irrealidad, podríamos decir, aunque con Dick nunca se sabe. Lo mismo los equivocados somos todos nosotros.
Por último, como se ve en la imagen, cualquiera puede tener su Ubik. No me llevo comisión, que conste.


jueves, 10 de octubre de 2013

Citas y textos de Marcel Proust

Recojo aquí varias citas de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, que me han gustado mientras iba releyendo la novela. Creo que muchas de ellas poseen la calidad de auténticos aforismos, otras son bellísimas y las mejores reúnen las mejores cualidades de profundidad y belleza. También he recogido fragmentos más largos. Algunos textos ofrecen tras una frase sorprendente una siempre inteligente reflexión que en ocasiones he incluido si no era demasiado larga.
Proust es, además de cuidadoso, inteligente y reflexivo. Merece la pena leerlo aunque sea en pequeñas dosis como estas. El orden de los fragmentos es el de aparición en la novela. 

(Inicio de la novela)
Durante mucho tiempo me he acostado temprano. A veces, apenas había apagado la vela, se cerraban mis ojos tan rápidamente, que ni tiempo tenía para decirme: "Me duermo".

Considero muy razonable la leyenda céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo un cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada, perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasemos al lado del árbol, o que entremos en posesión del objeto que las sirve de cárcel. Entonces se estremecen, nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.

Hasta las mujeres que sostienen que no aman a un hombre más que por su físico ven en ese físico la emanación de una vida especial. Y por eso gustan de los militares y los bomberos: por el uniforme son menos exigentes para el rostro.

Charles Haas, por Théobald Chartran
(Retrato de Charles Swann)
Todas las noches, después de un leve rizado en su espeso pelo rojo templaba con cierta suavidad el ardor de sus ojos verdes, escogía una flor para el ojal y se iba a cenar a casa de tal o cual señora de sus amistades donde estaría su querida.

No por saber una cosa se puede impedir; pero siquiera las cosas que averiguamos las tenemos, si no entre las manos, por lo menos en el pensamiento, y allí están a nuestra disposición, lo cual nos inspira la ilusión de gozar sobre ella una especie de dominio.

Hay días montuosos, difíciles, y tardamos mucho en trepar por ellos; y hay otros cuesta abajo, por donde podemos bajar a toda marcha, cantando.

Cuando se quiere a una persona, ya no se quiere a nadie.

El recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.

Los "aunque" son siempre "porque" desconocidos.

Teóricamente, ya sabemos que la Tierra gira, pero en realidad no lo notamos; el suelo que pisamos parece que no se mueve y ya vive uno tranquilo. Lo mismo ocurre con el Tiempo en la vida. Y para hacernos ver cuán rápido huye, los novelistas no tienen más remedio que acelerar frenéticamente la marcha de las agujas y hacer al lector que franquee diez, veinte o treinta años en dos minutos.

(Sobre cartas a la amada)
La pena de los hombres que envejecen es el no soñar siquiera en escribir cartas de esas, porque saben que son ineficaces.

Muchas veces la generosidad no es sino el aspecto interior que toman nuestros sentimientos egoístas cuando todavía no los hemos denominado y clasificado.

Es inútil observar las costumbres, puesto que se las puede deducir de las leyes psicológicas. 

Ya se sabe que cada cual llama ideas claras a las que se hallan en el mismo grado de confusión que las suyas.

Todos necesitamos alimentar en nosotros alguna vena de loco para que la realidad se nos haga soportable

Cuando es uno desgraciado se vuelve muy moral.

Porque la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una brisa húmeda de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o en el perfume de una primera llamarada: allí dondequiera que encontremos esa parte de nosotros mismos de que no dispuso, que desdeñó nuestra inteligencia, esa postrera reserva del pasado, la mejor, la que nos hace llorar una vez más cuando parecía agotado todo el llanto. ¿Fuera de nosotros? No, en nosotros, por mejor decir; pero oculta a nuestras propias miradas, sumida en un olvido más o menos hondo. Y gracias a ese olvido podemos de vez en cuando encontrarnos con el ser que fuimos y situarnos frente a las cosas lo mismo que él; sufrir de nuevo, porque ya no somos nosotros, sino él, y él amaba eso que ahora nos es indiferente.

Por lo que hace a Balbec, en cuanto entré allí ocurrió como si hubiese entreabierto un nombre que había que tener herméticamente cerrado y cono si, aprovechándose del portillo por mí abierto, se hubiesen introducido en el interior de sus sílabas, irresistiblemente empujados por una presión externa y una fuerza neumática, un tranvía, un café, la gente que pasaba por la plaza, la sucursal del Banco, arrojando de aquel nombre todas las imágenes que hasta entonces contuviera; y ahora esas sílabas habían vuelto a cerrarse y ahora ya todas aquellas cosas quedaban dentro, sin poder salirse nunca, sirviendo de marco a la iglesia.

La adolescencia es la única época en que se aprende algo.

Pasa con cada vicio lo que con cada profesión, y es que exigen y desarrollan un determinado saber que se ostenta con gusto.

En esta vida no me ha sido dable elegir más que entre brutos honrados, insensibles y leales, que solo con su metal de voz denotan que no se preocupan lo más mínimo de vuestra vida, y otra clase de hombres que , mientras están con nosotros, nos comprenden, nos quieren, se enternecen con nuestras cosas casi hasta llorar, y que aunque uinas horas después se tomen la revancha haciendo un chiste cruel a costa nuestra, vuelven otra vez tan comprenseivos, tan simpáticos, tan asimilados a uno por el momento como antes; y yo creo que prefiero, si no la moralidad, por lo menos el trato de esta segunda clase de gente.

La Envidia, de Giotto
Como muy poca gente puede tener amistades de alcurnia y profunda cultura, resulta que, por milagro benéfico del amor propio, aquellas personas a quienes faltan esas cosas se consideran los más favorecidos, porque la óptica de las escalas sociales hace suponer a todos que la mejor posición es la que uno ocupa, y tienen por mucho más desgraciados, por mucho menos afortunados y dignos de compasión a los seres superiores a ellos, y los mientan y los calumnian sin conocerlos, así como los juzgan y desdeñan sin haberlos comprendido.

Si la envidia se expresa en frases desdeñosas, hay que traducir un "no quiero tratarle" por un "no puedo tratarle". Ese es el sentido intelectual de la frase, pero su sentido pasional es realmente "no quiero tratarle". Sabe uno que eso no es verdad, pero, sin embargo, no se dice por mero artificio, se dice porque se siente, y ya eso basta para suprimir las distancias, esto es, para ser feliz.

En la vida humana los sentimientos desinteresados juegan más papel de lo que suele creerse.

La existencia apenas si tiene interés más que en esos días en que el polvo de las realidades está mezclado con un poco de arena mágica cuando un vulgar incidente de la vida se convierte en un episodio novelesco.
Foto de Miroslav Vajdić en openphoto.net

Una persona no se parece nunca a un camino recto, sino que nos asombra con sus imprevistos e inevitables rodeos, que los demás no ven, y por los que nos cuesta mucho trabajo pasar.

Podemos estarnos hablando toda una vida sin hacer otra cosa que repetir indefinidamente la vacuidad de un minuto.

Eso que se llama recordar a un ser, en realidad es olvidarle.

No cabe describir bien la vida de los hombres sin hacerla bañarse en el sueño en que se sumerge y que noche tras noche la rodea como una península está cercada por el mar.

Acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria.

No se hace la suma de los vicios de un ser más que cuando apenas está ya en condiciones de ejercerlos.

Es menester recordar que la opinión que tenemos unos de otros, las relaciones de amistad, de familia, no tienen nada de fijo, salvo en apariencia: antes son tan eternamente móviles como el mar.

Lo que recordamos de nuestra conducta permanece ignorado hasta de nuestro vecino más próximo; lo que de ella hemos olvidado haber dicho, o incluso lo que jamás hemos dicho, va a provocar a risa hasta en otro planeta.

En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, de que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo.

El creer en la medicina sería la suprema locura, si no lo fuera mayor aún el no creer en ella, ya que de ese montón de errrores se han desprendido, a la larga, algunas verdades.

Si se lleva uno consigo, cuando sale de viaje, tres o cuatro imágenes que, por lo demás, han de perderse por el camino (las azucenas y las anémonas del Ponte Vecchio, la iglesia persa entre las brumas, etc), ya está bien llena la maleta.

Evidentemente, es más sensato sacrificar uno su vida a las mujeres que a los sellos de correos, a las tabaqueras antiguas, a los cuadros y a las estatuas inclusive.

No hay nada como el deseo para impedir que las cosas que uno dice ofrezcan ninguna semejanza con lo que se tiene en el pensamiento.


Apenas nos aprovechamos de nuestra vida, dejamos inacabadas en los crepúsculos de estío o en las noches precoces de invierno las horas en que nos había parecido que hubiera podido, sin embargo, estar encerrado un poco de paz o de goce.

Una vez pasada la mocedad, es raro que permanezcamos confinados en la insolencia.

En amor, la gratitud, el deseo de proporcionar un placer hacen a menudo que demos más de lo que la esperanza y el interés habían prometido.

La razón es la que nos abre los ojos; un error disipado nos da un sentido más. 

A veces lo que vendrá habita en nosotros sin que lo sepamos y nuestras palabras que creemos mentiras dibujan una realidad próxima.
Foto de Adrian van Leen para openphoto.net

La gente de sociedad se representa habitualmente a los libros como una especie de cubo, una de cuyas caras está levantada, de manera que el autor se apresura para "hacer entrar" a las personas que encuentra.

Las diferencias sociales, aun individuales, se esfuman a distancia en la uniformidad de una época.

Algunas cualidades ayudan más bien a soportar los defectos del prójimo de lo que contribuyen a hacerlos sufrir; y un hombre de gran talento prestará habitualmente menos atención a la tontería de los demás que un tonto.

Los hombres pueden tener varias clases de placer. El verdadero es aquel por el que dejan otro.

En realidad, siempre descubrimos después del golpe que nuestros adversarios tenían motivos para pertenecer al partido en que están y que no se refiere a lo justo que puede existir en ese partido y que los que piensan como nosotros es porque los obliga la inteligencia si su naturaleza moral es demasiado baja para ser invocada o su rectitud si su penetración es débil.

El más peligroso de todos los encubrimientos es el de la misma culpa en el espíritu del culpable. El conocimiento permanente que tiene de ella le impide suponer hasta qué punto es en general igonorada y a cambio de darse cuenta en qué grado de verdad comienza para los otros la confesión con palabras que supone inocentes.
 
En la espera, uno sufre tanto la ausencia de lo que se desea, que no puede soportar otra presencia.

Nuestra lengua no es más que la pronunciación defectuosa de otras.

La enfermedad es el médico más obedecido: uno solo hace promesas a la bondad y el saber; pero obedece al sufrimiento.

La costumbre es una segunda naturaleza.

Siempre hay menos egoìsmo en la imaginación pura que en el recuerdo.

Así como los muertos ya no existen en nosotros, a nosotros mismos es a quienes herimos sin tregua cuando nos obstinamos en recordar los golpes que les hemos asestado.

Es verdad que los encantos de una persona son un motivo menos frecuente del amor que una frase por el estilo: "No, no estaré desocupada esta noche".

Ese ritmo binario que adopta el amor en todos aquellos que dudan demasiado de sí mismos, no creen que una mujer pueda quererlos nunca y tampoco que puedan quererla de veras.

Los celos pertenecen a esa familia de sospechas enfermiza que se lava mucho mejor con la energía de una afirmación que con su verosimilitud

Hay que amar para preocuparse de que no existan solo mujeres honestas y hay que amar también para desear, es decir para asegurarse que las hay.

Desearíamos apasionadamente que haya otra existencia en la que seríamos iguales a lo que somos aquí. Pero no pensamos que aún sin alcanzar esa otra vida, en esta misma y al cabo de algunos años somos infieles a lo que hemos sido y a lo que queríamos ser eternamente.
Expulsión del Paraíso, Miguel Ángel

Uno sueña mucho con el Paraíso o mejor dicho con numerosos parísos sucesivos, pero todos son, mucho antes que uno se muera, paraísos perdidos y donde uno estaría perdido.

Saber dos días después cómo se llama quien ha viajado junto a uno en el tren sin llegar a descubrir su rango social es una sorpresa mucho más divertida que leer en la última entrega de una revista la palabra del jeroglífico propuesto en la entrega anterior.

La medicina, a falta de curar, se ocupa en cambiar el sentido de los verbos y los pronombres.

Leibnitz dijo que el trayecto de la inteligencia al corazón es muy largo.

No existe casi ninguna noticia que no nos haga lamentar una palabra.

Los generales que matan más soldados son los que más se interesan por su alimentación.

El instinto de imitación y la falta de valor gobiernan tanto a las muchedumbres como a las sociedades. Y todos se ríen de quien ven burlado aunque diez años más tarde lo venerarán en un círculo donde lo admiren.

Alfred Dreyfus
Es extraño que cierto orden de actos secretos tenga como consecuencia exterior una manera de hablar o gesticular que los revela. Si un caballero cree o no cree en la Inmaculada Concepción o en la inocencia de Dreyfus o en la pluralidad de los mundos y quiere callarlo, no habrá nada en su voz ni en su andar que trasluzca su pensamiento. Pero al oír que el señor de Charlus decía con esa voz aguda y esa sonrisa y esos gestos de los brazos: "No, he preferido la de al lado, la frutilla" podía decirse: "Vaya, le gusta el sexo feo", con la misma certeza que le permite a un juez condenar a un criminal que no ha confesado.

Los seres no dejan de cambiar de lugar con relación a nosotros. En la marcha insensible pero eterna del mundo, los consideramos inmóviles en un instante de visión, demasiado breve para que se perciba el movimiento que los arrastra. Pero no tenemos más que elegir en nuestra memoria dos imágenes de ellos en momentos distintos, lo bastante cercanos sin embargo para que por lo menos no hayan cambiado sensiblemente en sí mismos y la diferencia de las dos imágenes mide el desplazamiento que operaron con relación a nosotros.

Hay algo aún más difícil que limitarse a un régimen y consiste en no imponérselo a los demás.

Isaac bendiciendo a Jacob, Govert Flinck
En muchos momentos de nuestra vida cambiaríamos todo el porvenir a cambio de un poder insignificante en sí mismo.
 
Cada clase social tiene su patologia.

La realidad no es más que un incentivo para una meta desconocida en cuyo camino no podemos llegar muy lejos.

Las cosas de las que solemos hablar en broma son generalmente, al contrario, las que nos fastidian, pero no queremos que se vea que nos fastidian, quizá con la esperanza inconfesada de esa ventaja suplementaria de que precisamente la persona con quien hablamos, al oírnos bromear con eso, crea que no es verdad.

Cuando hemos pasado de cierta edad, el niño que fuimos y el alma de los muertos de los que salimos vienen a echarnos a puñados sus bienes y sus desventuras, queriendo cooperar en los nuevos sentimientos que experimentamos y en los cuales nosotros, borrando su antigua efigie, los refundimos en una creación original.

Bajo toda dulzura carnal un poco profunda, está la permanencia de un peligro.

El amor es un mal incurable.

Los maridos engañados, aunque no saben nada lo saben todo, sin embargo.

Solo se ama lo que no se posee por entero.

Una verdad más profunda que la que diríamos si fuéramos sinceros podemos a veces expresarla y anunciarla por una vía que no es la de la sinceridad.

Se ha dicho que la belleza es una promesa de felicidad. Inversamente, la posibilidad del placer puede ser un comienzo de belleza.
Venus y Adonis (detalle), Veronés

Desde que ya no existe el Olimpo, sus habitantes viven en la tierra. Y cuando los pintores pintan un cuadro mitológico, toman de modelo para Venus o Ceres a muchachas del pueblo que ejercen los oficios más vulgares, con lo que, lejos de conocer un sacrilegio, no hacen más que restituirles la caridad, los atributos divinos de que fueron despojadas.

Haber proclamado (en calidad de jefe de un partido político, o de lo que sea) que mentir es horrible, suele obligar a mentir más que los otros, sin por eso quitarse la careta solemne, sin dejar la tiara augusta de la sinceridad.

La naturaleza no sabe apenas dar más que enfermedades bastante cortas, pero la medicina se ha abrogado el arte de prolongarlas.

El universo es verdadero para todos nosotros y diferente para cada uno.

Para cada hombre, la vida de cualquier otro hombre prolonga, en la oscuridad, senderos insospechados. La mentira, de la que están hechas todas las conversaciones, aunque tan a menudo logre engañar, no oculta un sentimiento de inamistad, o de interés, o una visita que se quiere aparentar no deseada, o una escapada con una querida sin que lo sepa la mujer, tan perfectamente como una buena fama tapa unas malas costumbres sin dejarlas adivinar.

Obramos a ciegas, pero buscando, como los animales, la planta que nos conviene.

A nadie se aprecia tanto como a los que unen a otras grandes virtudes la de ponerlas sin regatear a disposición de nuestros vicios.
Planeta Venus

Unas alas, otro aparato respiratorio, que nos permitiesen atravesar la inmensidad, no nos servirían de nada, pues trasladándonos a Marte o a Venus con los mismos sentidos, darían a lo que podríamos ver el mismo aspecto de las cosas de la tierra. El único viaje verdadero, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es; y esto podemos hacerlo con un Elstir [pintor], con un Vinteuil [músico], con sus semejantes, volamos verdaderamente de estrella en estrella.

A partir de cierta edad, por amor propio y por habilidad, son las cosas que más deseamos las que aparentamos que no nos interesan.

En amor es más fácil renunciar a un sentimiento que perder una costumbre.

Parece ser que en la vida mundana la mejor manera de que le busquen a uno es rehusar, reflejo insignificante de lo que ocurre en amor.

No es posible que una escultura, una música que da una emoción que sentimos más elevada, más pura, más verdadera, no corresponda a una cierta realidad espiritual, o la vida no tendría ningún sentido. 
Imagen de LDFranklin

El amor es el espacio y el tiempo hechos sensibles al corazón.

Parece que los acontecimientos son más vastos que el momento en el que ocurren y en el que no caben enteros. Cierto que rebasan hacia el porvenir por la memoria que de ellos conservamos, pero también requieren un lugar en el tiempo que los precede. Cierto que se dirá que entonces no los vemos tales como serán , pero ¿acaso no los modifica también el recuerdo?

Cada cual tiene su modo peculiar de ser traicionado, como tiene su modo de acatarrarse.

Helena de Troya, marasop
Lo que denominamos experiencia no es sino la revelación a nuestros propios ojos de un rasgo de nuestro carácter, que naturalmente reaparece, y reaparece con tanta mayor fuerza cuanto que ya lo hemos evidenciado una vez ante nosotros mismos, de modo que el movimiento espontáneo que nos guiara la primera vez se ve reforzado por todas las sugestiones del recuerdo. El plagio humano al que resulta más difícil sustraerse a los individuos (y aun a los pueblos que perseveran en sus faltas y van agravándolas) es el plagio de uno mismo.

Dejemos las mujeres guapas a los hombres sin imaginación.

Hallé en el castigo que se me infligía por haber mecido en mis rodillas a una niña desconocida, esa relación que existe casi siempre en los castigos humanos, y que hace que no haya casi nunca ni condena justa, ni error judicial, sino una especie de armonía entre la idea falsa que se forma el juez de un acto inocente y los hechos culpables que ha ignorado.

Los vínculos entre un ser y nosotros no existen sino en nuestro pensamiento. 

En el mundo (y este fenómeno social no es más que una aplicación de una ley psicológica mucho más general), las novedades, culpables o no, solo espantan a la gente hasta que son asimiladas y rodeadas de elementos tranquilizadores.

Es un error creer que la escala de los miedos corresponde a la de los peligros que los inspiran.

El instinto dicta el deber y la inteligencia proporciona los pretextos para eludirlo.

Una obra en la que hay teorías es como un objeto en el que se deja la marca del precio.

Un nombre leído antaño en un libro contiene entre sus sílabas el viento rápido y el sol brillante que hacía cuando lo leíamos.

Una hora no es solo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas. Lo que llamamos realidad es cierta relación entre esas sensaciones y esos recuerdos que nos circundan simultáneamente.

Solo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna.

El panfletario asocia involuntariamente a su gloria a la canalla que anatemiza.

Un libro es un gran cementerio con una mayoría de tumbas en las que no se pueden ya leer los nombres borrados.
 
Allí donde la vida nos encierra, la inteligencia nos abre una salida, pues si un amor no compartido no tiene remedio, de la comprobación de un sufrimiento se sale, aunque solo sea sacando las consecuencias que implica.

En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo.

Nuestros más grandes temores, como nuestras mayores esperanzas, no son superiores a nuestras fuerzas y podemos acabar por dominar los unos y realizar las otras.

(Final de la novela)
Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes, entre la cuales vinieron a situarse tantos días.