jueves, 7 de febrero de 2013

La penúltima verdad, Philip K. Dick

Dick, Philip Kindred, La penúltima verdad, ed. Martínez Roca, Barcelona, 1976. Trad. Antonio Ribera.
The Penultimate Truth, 1964.


La tercera guerra mundial ha desolado la faz de la Tierra por la cantidad de armas radiactivas empleadas. La guerra continúa, pero sin presencia humana: los hombres viven hacinados en el subsuelo fabricando robots para que luchen por ellos y recibiendo comida a cambio ese trabajo. La información del exterior les llega por televisión unidireccional, con horribles imágenes de la tierra devastada y las grandes ciudades reducidas a escombros. Salir a la superficie es una condena a muerte... Y salimos a la superficie. Resulta que la guerra terminó hace años. Quedan zonas radiactivas, "calientes", sí; pero pocas; la mayor parte de la Tierra es un parque enorme, un jardín donde viven unos pocos privilegiados con mansiones en medio de parcelas de miles de hectáreas atendidos por legiones de los robots enviados desde el subsuelo. Ellos se encargan de construir los discursos e imágenes, mediante maquetas, para los millones de seres humanos de abajo. El engaño es tan monumental que los engañadores lo acusan: Dick es demasiado bueno como para crear personajes maniqueos. Leemos: Le abrasaba un sentimiento de culpabilidad, no porque el reconstruir fuese malo, sino... porque todo era malo [...]. Millones de seres humanos habían sido expoliados, y no recibían compensación por el expolio, ni moral ni legalmente. ¿Cómo es posible que la gente se trague este cuento? Ese mismo protagonista, Joseph Adams, reflexiona: pensó que era increíble que los telespectadores se hubiesen olvidado hasta tal punto de la realidad, como para no darse cuenta de que era pura mentira lo que veían en la pequeña pantalla. O sea, están manipulados por los medios de comunicación, por la televisión. 
A mí esta novela me ha resultado profundamente impactante. Aclaro: escribo esto en febrero de 2013, en España, en medio de noticias sobre el enésimo escándalo de corrupción politica que estalla en medio de una sociedad azotada por el paro de seis millones de personas; desmantelamiento de la sanidad pública; recortes injustificables en educación; subida de impuestos, bajada de sueldos... La información de los medios de comunicación es apocalíptica: o se cumplen estas condiciones o vamos al abismo. Mientras, ya digo, se destapan cuentas bancarias en Suiza de partidos políticos, los que imponen estos recortes, por valor de más de veinte millones de euros. Leo, escucho y veo estas noticias por las mañanas y por las noches leo el libro de Philip K. Dick, muerto hace 31 años, publicado el libro hace 49, y me entero mejor de lo que pasa por este medio que por las noticias. Dick me está contando una verdad que los periódicos me esconden, y lo está haciendo desde el pasado. Es increíble y escalofriante. No sé si será la penúltima verdad de Dick, pero sí sé que es una verdad digna de figurar en primera plana, más que las noticias que nos preparan.


El escritor es digno de figurar en cualquier biblioteca bien surtida, no solo de ciencia ficción. Dick fue el autor de un buen número de obras inmortables y memorables que se merecen una buena reseña. No hablaré de todos los libros de Dick que he leído porque algunos apenas los recuerdo y debería releerlos (Lotería Solar, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, La pistola de rayos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik, Laberinto de muerte, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía y Sivainvi). De estos me gustó especialmente Laberinto de muerte, obra desgraciadamente descatalogada que esperemos que Minotauro (Planeta) reedite como está haciendo con el resto de su obra. Sobre otros libros pendientes de leer iré contando aquí: El hombre en el castillo, Simulacra, Nuestros amigos de Frolik 8, La invasión divina y Radio libre Albemut. Dick es, de todos modos, un autor al que hay que leer administrado en pequeñas dosis, ya que sus obras tienden a surrealismo alucinatorio y desasosegante expresado de manera hiperlúcida. Es decir, se describe minuciosamente una realidad alterada que cambia constantemente y en la que siempre hay un componente religioso de fondo que completa un cuadro sumamente desquiciante. Lo curioso es que esta realidad alterada sea, como decía de La penúltima verdad, más real que la auténtica. A lo mejor nos equivocamos todos en nuestras percepciones. Podría ser.



domingo, 3 de febrero de 2013

William Gibson: Trilogías del Ensanche, del Puente y de Hormiga Azul

William Gibson es un celebérrimo escritor estadounidense afincado en Vancouver, Canadá. Es tan famoso porque creó el neologismo "ciberespacio" y porque en sus primeras novelas tienen un peso muy importante en la trama los bancos de información de la matriz (lo que hoy llamaríamos internet, su ciberespacio), los piratas informáticos, las multinacionales que operan al margen o por encima de los gobiernos, el darwinismo social, la privatización de todos los bienes y servicios, la urbanización del planeta (Ensanche o Sprawl), la desaparcición de especies animales (en esto recuerda a Philip K. Dick), la tecnología ultraavanzada, los cíborgs, los viajes espaciales... Es decir, porque se aniticipó a nuevas formas de vida, algunas de las cuales ahora damos por hecho, pero que en el año 1983 no se veían venir tan clararmente. Todos esos rasgos constituyen la guía básica de la ciencia ficción llamada "ciberpunk", de la que Gibson es pionero junto con otros, como su amigo Bruce Sterling. Además, escribe unas historias cercanas al género negro y al thriller: gángsters, marginados, drogas, huidas, asesinos a sueldo, espionaje, armas, etc. Esta tendencia al género negro o, más bien, de espías, se ha acrecentado en sus últimas novelas, en las cuales apenas si aparecen recursos tecnológicos y sí mucho espionaje. Parece ser que el futuro de Gibson tocó techo y ahora se dedica, más o menos, al presente.

De manera algo curiosa y no del todo clara, como Pío Baroja, agrupa sus novelas en trilogías "sui generis" que comparten algunos personajes y lugares y cuyas novelas pueden (en algún caso) leerse separadamente. Ciertamente, de una trilogía a otra se nota el cambio, especialmente en la última. Su estilo es inconfundible, no obstante, y rasgos de sus primeras obras surgen en las más recientes.


TRILOGÍA DEL ENSANCHE (SPRAWL TRILOGY)

Gibson, William, Neuromante, ed. Minotauro, Barcelona, 2006. Trad. José Arconada Rodríguez y Javier Ferreira Ramos.
Neuromancer, 1984.

La inmersión en la peculiar ciencia ficción de esta novela es fría, repentina y profunda. Desde el principio quedan claras varias cosas: hay conocimientos que se dan por supuestos; las referencias son las de la propia novela, no las de fuera, y los lapsos se pueden rellenar o no. O sea, se presuponen muchas cosas y eso forma parte del juego. Por ejemplo, las palabras Ensanche, Freeside, pozo y otras aparecen antes de que se explique lo que son. El lector debe dejarse maravillar por una prosa nueva y dura, no demasiado innovadora, no obstante, en la forma, pero sí en la temática, y esta era nueva en su momento, y ahora también, porque por mucho que anticipe, es una obra de ficción.
Resumir el argumento no es difícil, pero ocurre como con las novelas de Agatha Christie: si se hace bien, debe empezarse por el final, y eso rompería el suspense, algo de lo que este escritor entiende mucho. Solo diré aquí (más abajo resumo la trilogía) a modo general,  que la cosa va de una lucha de IAs (Inteligencias Artificiales) por su independencia. De hecho, el Neuromante del título es una de las IAs (la otra se llama Wintermute). En esta lucha, las Inteligencias Artificiales arrastran a varios humanos. El protagonista, Case, que al principio del libro está al borde de la muerte por ajuste de cuentas en el experimento darwinista que es Chiba City, es contratado por el misterioso Armitage para romper el "hielo" (defensa informática) de una IA. Case y Molly, la "ninja" (guardaespaldas con implantes cíborg) investigan por su cuenta, vía el Finlandés (personaje que reaparecerá en las dos siguientes novelas), quién está tras Armitage y llegan hasta la IA Wintermute y la extraña familia Tessier-Ashpool...  Case es el personaje central al que se sigue desde el principio hasta el final. No es muy original ese planteamiento narrativo. Sí lo son los términos de comparación, que eluden deliberadamente la naturaleza. Como ejemplo, el citadísimo inicio de la novela: El cielo sobre el puerto tenía el color de un televisor sintonizado en un canal muerto. Más adelante (cap. 15): los lados de los muebles eran de un color que le hacía pensar en alas de cucaracha. La única naturaleza que aparece es, atención, en un satélite artificial, donde Case desayuna en una especie de prado [...] con demasiados árboles. Más adelante: -¿A qué huele? -preguntó a Molly, arrugando la nariz. -Es la hierba. Huele así cuando la cortan.
Es una novela de culto sobre la que hay mucha (quizá demasiada) información y opinión por internet. Mejor leerla, auque no va a gustar a todos los lectores. Solo para fanáticos de la ciencia ficción.


Gibson, William, Conde Cero, ed. Minotauro, Barcelona, 2002. Trad. José B. Arconada y Javier Ferreira Ramos.
Count Zero, 1986.

En esta novela Gibson estructura la trama desde el principio en tres historias paralelas que solo muy adelantada la novela confluirán. Se narran en capítulos alternos las peripecias de Turner, un especialista en la extracción de investigadores y cuadros ejecutivos del más alto nivel. Las multinacionales para las que trabajaba nunca admitirían que hombres como Turner pudieran existir...; las de Marly, una galerista caída en desgracia con una sensibilidad especial hacia el arte, que es contratada por el megapoderoso y misterioso Josef Virek para que le encuentre al artista creador de unas cajas; y las de Bobby Newmark, alias Conde Cero, un "vaquero" (internauta cracker, diríamos ahora), como el Case de Neuromante.
Cada historia, con su personaje central, arrastra una serie de personajes secundarios y ambientes: el mundo de la investigación puntera y de la guerra de corporaciones en Turner; el del dinero y refinamientos artísticos en Marly, antepasados, ella y Virek, de Cayce Pollard y Hubertus Bigend, de Mundo espejo; y el mundo suburbial e ilegal de Bobby, con su ciberespacio, "hielo", antros, drogas, pellas, etc. Lucas, por cierto, tiene los dedos del color de alas de cucaracha. Se ve que le gustó la comparación.
Esta novela, que supongo que puede leerse aparte de la anterior, sí continúa en la siguiente, aunque el final es cerrado, más o menos, y poético, especialmente en la historia de Marly, la única que no converge directamente con las otras.


Gibson, William, Mona Lisa acelerada, ed. Minotauro, Barcelona, 2002. Trad. José Arconada.
Mona Lisa Overdrive, 1988.

En esta novela también se narran historias paralelas, ahora cuatro. Como en la anterior, las diferentes peripecias confluyen, salvo una, la de Kumiko Yanaka, que es la que abre la novela. Esta es una niña de 13 años a la que su padre, jefe yakuza, envía a Londres a casa de un socio, Swain, para evitar ser presa en una guerra mafiosa. En esa casa reaparecerá Sally, la Molly de Neuromante, que está siendo presionada para que colabore con Swain en una complejo plan que involucra, como víctima, a Angela Mitchell, la huida de Mass-Neotek en el anterior libro, y ahora estrella del simestim. Esta es la segunda línea. La tercera es la historia de un misterioso paciente en una camilla conectado a la matriz (se supone) permanentemente y confinado para su custodia a los extraños ocupantes de una fábrica abandonada. La última historia es la de Mona Lisa, una joven (16 años) prostituta reclutada para sustituir a Angela Mitchell...
Realmente, se avanza poco respecto a las anteriores novelas. Esta, cuya acción se sitúa siete años despúes de la anterior (y, por tanto, catorce después de la de primera), sirve más bien de explicación retrospectiva. Contiene pasajes expositivos, por ejemplo resumiendo un documental sobre los Tessier-Ashpool o sobre los loa esbozados en Conde Cero. Se aclaran motivaciones e intenciones, lo cual está muy bien como cierre de trilogía y más en esta, donde, la verdad, nada se entiende muy bien (ya dije que forma parte del juego suponer que nosotros conocemos más de lo que en realidad sabemos). Los personajes tampoco se aclaran mucho: la pobre Mona exclama en el capítulo titulado Demasiado que nunca antes el mundo había tenido tantas partes móviles ni tan pocas etiquetas. Nos identificamos plenamente con ella y, encima, la última parte del capítulo, una de las partes más emborronadas del libro, donde confluyen tres de las historias, nos la cuenta ella, en su simpleza, con la visión que le da la droga que acaba de tomar (el juego perspectivista de Gibson es, sencillamente, asombroso). Esto es como venir a decir que no nos tomemos demasiado en serio el argumento de la novela (más abajo intento resumirla y explicarla).
Yo diría que al final de lo que se trata, el tema/objetivo final, es de conseguir la inmortalidad, ahora por medios de alta capacidad informática. El bellísimo último capítulo reúne a tres físicamente muertos y a una IA de camino a encontrarse con algo extraterrestre. O sea, podemos decir que el alma de esta trilogía ciberpunk está conformada por lo mismo que cualquier otro libro de ciencia ficción: afán de inmortalidad y contacto extraterrestre. Curioso.
Se incrementa la presencia de motivos que ya estaban presentes en novelas anteriores y que alcanzarán mayor desarrollo en las posteriores, especialmente en las de la trilogía de Hormiga Azul. Estos motivos o intereses de Gibson son, además de la juventud de sus protagonistas, la ropa (se describe siempre o casi lo que visten los personajes); la arquitectura, que adquirirá especial relieve en la siguiente trilogía, la del Puente; el mundo de los muy ricos y muy poderosos (aquí, la pequeña Kumiko y su padre) y, por último, el interés por el "show business", el mundo del espectáculo, del simestim en la novela, equivalente a nuestra televisión y cine, y que llegará, de otra forma, a su apogeo en Mundo Espejo.

Resumen general de la trilogía (mejor no leer si no se han leído los libros)

1- En su camino a la independencia, las IAs del primer libro, de la familia Tessier-Ashpool, requeren ayuda humana, y no dudan en apropiarse, tipo posesión demoniaca, del antiguo militar Armitage. Este (en realidad su IA posesora, Wintermute, aliada con la otra IA, Neuromante) precisa los servicios profesionales de Case y Molly. El asunto termina bien para las IAs, que pasan a deambular libremente por el ciberespacio. También termina bien para Case y Molly. Esta reaparecerá en la última novela del Ensanche.
2- Han pasado siete años. Parte de las IAs circulan por la matriz siendo confundidas con dioses del vudú (los Loa o Jinetes Divinos), nada menos. Para sus planes, sean los que sean (no se conocen) siguen necesitando humanos, de los que se apropian a placer (son los Caballos). Han impulsado la carrera del investigador Christopher Mitchell, de la empresa Maas Neotek, para que haga de su hija, Angie, un caballo ideal: esta puede conectarse a la matriz sin consola gracias a los vévés implantados en su cerebro. Parece ser que los planes apuntan a que a las IAs les interesa la difusión de los biochips, lo cual entra en contradicción con los planes de la Maas, que tiene la patente exclusiva. Pero esto es deducción mía, seguramente equivocada. De aquí parte la trama de espionaje industrial, deserciones, persecuciones, etc. (thriller tecnológico, se podría decir) de la novela.
3- Tal y como yo entiendo la trama, resulta que Bobby Newmark, alias Conde Cero, se ha apropiado del aleph de 3Jane Tessier-Ashpool. El aleph es una especie de enorme disco duro con capacidad suficiente para contener una réplica de toda, o casi toda, la matriz, "almas" humanas incluidas (eso sí, poquitas y selectas). Bobby vive conectado a eso, donde también se encuentra el espíritu de la difunta Lady 3Jane, que quiere a toda costa a Angie Mitchell, no se sabe por qué (la odia por envidia, dice la IA Colin). Por eso ordena su secuestro a Swain, el socio del padre de Kumiko. Swain subcontrata para esto a su vez a Molly (Sally). Por otra parte, Swain se ha ocupado de que una chica de la calle que se parece a Angie, Mona Lisa, se parezca más todavía mediante cirugía plástica. ¿Pretendía dar gato por liebre a 3Jane, o lo que hacía era buscar sustituta para los simestin de Angie cuando esta fuera entregada a lady 3Jane, como al final sucede? Además, ¿qué papel juega la IA Plan de Rodaje en todo esto?, porque parece que pueda estar detrás de la historia de su "prima" (comparten biochips) Angela M., con la cual este joven ha sido torpe. No sabemos mucho con certeza. El caso es que Mona sustituirá a Angie. Esta, que muere, se reunirá con su querido Bobby, que también muere, en el ciberespacio, donde también se encuentra el Finlandés, también muerto; y las IAs, bueno, a lo suyo, que nadie sabe en qué andan metidas. En la última página, en un giro final a lo Sterling, resulta que hay otra matriz consciente en Centauro a donde se dirigen para conocerla...

                          TRILOGÍA DEL PUENTE (BRIDGE TRILOGY)

Después de su paseo por el (ciber)espacio, volvemos a la Tierra. Las referencias son, en general, reconocibles como cercanas a nuestro tiempo (se dice, por ejemplo: la canción [...] es del negro ese que se volvió blanco y luego se le hundió la cara). El mundo ha cambiado, pero no tanto como en el Ensanche. En estas novelas se ponen los cimientos de la cosmovisión de las tres anteriores. En este sentido, poemos considerar esta trilogía como una particular precuela de la anterior. Tomado el puente en un sentido figurado, podría simbolizar el enlace entre las anteriores novelas, las situadas en el futuro más lejano, y las últimas, situadas en el presente.

Gibson, William, Luz virtual, ed. Minotauro, Barcelona, 2000. Trad. José Arconada.
Virtual Light, 1993.

La luz virtual del título se refiere al peculiar modo de visión, directo al nervio óptico, que proporcionan unas gafas especiales. Estas gafas serán el artículo tras el que andan todos. Se las roba Chevette, una bicimensajera, a otro odioso mensajero. La trama de la novela se desarrolla alrededor de estas gafas: el robo de Chevette hace que se contrate a una compañía de seguridad privada, IntenSecure, para encontrarla. El agente Rydell se ocupará de ello, pero terminará aliándose con Chevette contra los corruptos agentes y policías y teniendo que ingeniar un plan tras otro para escapar de sus perseguidores y luchar contra el destino que muestran las gafas...
Sin duda, en esta novela predominan las preocupaciones sociales. El puente de la trilogía es el que une San Francisco y Oakland. Allí viven los desahuciados sociales, gente que no tiene donde ir ahora que solo quedan pobres y ricos. Dice un personaje (Sammy Sal): Antes había una clase media, los que estaban a medio camino. Pero eso ya no existe. Se muestran una especie de cuadros costumbristas de esta gente a través de los ojos de Yamazaki, el estudiante de "sociología existencial" que reaparecerá en Idoru. Se cuenta también la historia y adoración de J. D. Shapely, el que consigue terminar con el sida. Surgen otros motivos temáticos de la realidad social americana: los telepredicadores (el reverendo Fallon), las agrupaciones de caravanas, en este caso para mostrar donde viven los miembros de una peculiar secta que cree ver a Dios en las antiguas películas (esto reaparecerá en Mundo Espejo) y las armas, los pistoleros a sueldo (el aborrecible Desamorado), así como un fondo de barrios bajos con su delincuencia, drogas, violencia, etc.
Es una novela de acción trepidante, más cercana al género negro que a la ciencia ficción, si bien esta irrumpe en forma de incipiente ciberespacio, con los piratas informáticos de República del Deseo. Yo creo que constituye un adelanto del tipo de relatos que escribirá Gibson más adelante, especialmente en su última trilogía.

Gibson, William, Idoru, ed. Minotauro, Barcelona, 2002. Trad. Manuel Figueroa.
Idoru, 1996.

El anuncio de boda de Rez, el cantante japonés del grupo de adolescentes Lo/Rez es el detonante de las acciones principales de la novela que, en su estilo narrativo habitual, nos va relatando Gibson solapadamente. Las historias son las del peculiar Colin Laney, contratado por la seguridad de Rez para que vea de qué va eso (la habilidad de Laney son los "puntos nodales": destellos de información no accesible de forma lógica que él extrae de un maremágnum caótico de datos sobre alguien) y la de la joven de catorce años Chia McKenzie, miembro del club de fans del cantante en Seattle. Rez se va a casar con Rei Toei, una idoru: un ídolo artificial de la canción, una combinación de "agentes de software" (son los antepasados de las IA de Neuromante). Tanto Chia como Laney deben viajar a Tokio para ver qué pasa, pero sus avatares discurren paralelos hasta el final. La historia se complica porque a Chia la usa Maryalice en el aeropuerto de Tokio para introducir algo de contrabando. Ese algo no es droga, sino otra cosa (no diré qué) relacionada, casualmente, con Rez y que le complicará la vida porque la quieren los mafiosos rusos, el temible Kombinat. Por parte de Laney, la complicación viene de la compañía para la que trabajaba antes, que le presigue para chantajearle.
Total: como se ve, el realismo (más o menos) de Luz virtual ha durado poco y en esta novela nos volvemos a zambullir en la ciencia ficción informática: lo más importate es la información, y aquí destaca el antiguo trabajo de Laney, para SlitScan, una especie de empresa que igual "fabrica" famosos que los destruye.
La ambientación la proporciona el adorado Japón,  que aparece en todas sus novelas de una u otra forma, con bastante predomino en algunas (si no recuerdo mal, la que menos japonés tiene es Conde Cero). Es un relato trepidante donde los capitulos finales son cortados, sistemáticamente, en su punto álgido para insertar la otra historia, que también corta en alto. Gibson es muy hábil dosificando el suspense y manteniéndolo a un ritmo que deja sin aliento. Es también la novela donde más se acerca el autor al mundo adolescente, y el viaje de Chia es, en buena parte, de aprendizaje, de maduración.
Los capítulos que transcurren en el Hotel Di son curiosamente teatrales: una habitación con dos puertas a la que van llegando cada vez más personajes con sus diálogos y acciones correspondientes.
Como enlace estilístico con novelas anteriores, aparece una de las comparaciones favoritas del autor: en el Cubo K de la Muerte hay iluminación color cucaracha.
Esta es una gran novela que, inexplicable y lamentablementte, está descatalogada hasta que se dignen a reeditarla. No eniendo estas decisiones. Menos mal que la adquirí a tiempo, porque he llegado a ver anuncios pidiendo más de 100 euros por este libro de bolsillo.


Gibson, William, Todas las fiestas de mañana, ed. Minotauro, Barcelona, 2002. Trad. Darío Aguilar Pereira.
All tomorrow's parties, 1999.

En este final de trilogía confluyen personajes y tramas de las dos anteriores novelas. Nos reencontramos con Chevette, Rydell y otros secundarios de la primera novela como Fontaine, y también con personajes de la segunda, como Colin Laney, Rei Toei y la secundaria Maryalice. El escenario principal es, otra vez, el puente de San Francisco.
Bueno, y del argumento, no sé bien qué decir. Los motores de fondo son el megapoderoso Cody Harwood, que también detecta puntos nodales y los aprovecha a su conveniencia, y el enfermo Colin Laney, que se opone a los tejemanejes de Harwood, sean los que sean, con la ayuda de los hackers de la Ciudad Amurallada. Tanto Laney como la idoru operan escondidos para que Harwood no los elimine, y por aquí viene la acción de la novela: Rydell debe cargar, teledirigido por Laney, con el soporte de Toei  mientras le persiguen una banda de matones y un infalible asesino, ambos de Harwood, pero el asesino solitario (Konrad) va por libre más o menos.
Las tramas de Chevette y de Silencio, el misterioso niño semiautista, ofrecen el contrapunto romántico y tierno (Chevette y Rydell acabaron juntos al final de Luz virtual y al final de esta).
El estilo de Gibson ha llegado a su punto de madurez y se observa en el asombroso manejo de las acciones paralelas. Sin datos expresos, podemos reconstruir la cronología de los derroteros de Rydell y Chevette por el puente, cruzando sus caminos sin llegar a cruzarse ellos mismos en un emocionante suspense que abarca a tramas de personajes con los que interactúan ambos: Fontaine, el chico de la tienda "Sector Defectuoso" y su destornillador, el cantante Buell, etc.
Como en las demás novelas de Gibson, no se puede pretender enternderlo todo: las motivaciones, causas y consecuencias contienen lagunas intencionadas que podemos rellenar imaginativamente, pero sin certeza. Además, el lenguaje se complica cuando el autor trata de expresar conceptos nuevos. Esta faceta es la que, intuyo, le ha granjeado más detractores a Gibson. Párrafos como este: Rez [...] era muy posiblemente la última de las megaestrellas preposhumanas no gustan a todos los lectores (adviértase la acumulación de prefijos antitéticos: prepos-). Y las vagas referencias, que son en el fondo lo que activa a Harwood y Laney, a que todo va a cambiar como en 1911, sin aclarar más, salvo escuetas citas de la muerte de Pierre Curie en 1906, tampoco son de recibo. He buscado en la Wikipedia qué pasó en 1911 y no veo nada demasiado extraordinario, aunque supongo que los tiros van por el descubrimiento de Rutherford.
Esta novela que, por otro lado, contiene elementos desenfadados y divertidos, merece la pena leerse, si bien, de forma inexplicable aunque habitual, está total y absolutamente descatalogada desde que se agotó su única primera edición. Solo puede leerse, si no se es de los que la compraron cuando salió, por descargas de internet. Vamos, una falta de respeto más de ciertas editoriales a los lectores.


TRILOGÍA DE HORMIGA AZUL (BLUE ANT TRILOGY)


Gibson, William, Mundo Espejo, ed. Minotauro, Barcelona, 2004. Trad. Marta Heras.
Pattern Recognition, 2003.

Aterrizaje. La novela comienza con uno, con jet lag más bien, y podemos aplicarlo a esta novela respecto de las anteriores. El viaje desde el futuro ha llegado al presente: los personajes comparten nuestra realidad actual, si bien se trata de personajes peculiares. En esta novela trabajan muchos en el mundo de las agencias publicitarias, que es lo que es Blue Ant (Hormiga Azul), dirigida por el extraño Hubertus Bigend, perseguidor de enigmas y misterios. En este caso, intenta desentrañar lo que hay detrás del Metraje, unos fragmentos cinematográficos colgados en Internet y que arrastran a una legión de seguidores. Una de estas seguidoras, la cazatendencias Cayce Pollard, es el personaje central. Esta mujer padece una rara alergia a las marcas comerciales: reacciona ante los anagramas. Cayce ha rentabilizado su enfermedad convirtiéndose en una especie de visionaria que predice si un logo funcionará o no en el mercado. Además, debido a su alergia, viste, come y vive de una forma bastante espartana y monocroma. En una palabra, es minimalista. De hecho, el minimalismo, tan de moda en los últimos noventa y principios de este siglo, puede observarse como una preocupación estilística y temática en la novela. Gibson, que ya tendía a la condensación y eliminación de lo superfluo, afianza esta técnica en sus novelas recientes. Por ejemplo, aunque ha llegado a dominar la alternancia de capítulos con distintos personajes protagonistas de cada uno de ellos, aquí se ciñe al personaje de Cayce Pollard y no lo abandona: todo lo vemos desde su perspectiva, novios con cabeceros de cama de color cucaracha incluidos, y la trama principal es casi la única: primero, el trabajo y luego, el Metraje, sin rodeos ni caminos paralelos. El escenario cambia de Londres, el mundo espejo respecto a Estados Unidos, a Tokio y Moscú.
Los personajes son a la vez familiares y nuevos: Bigend es antepasado de Cody Harwood y Josef Virek. Cayce, de Colin Laney y Marley. Mecenas interesados para artistas utilitarios. Introduce, a su vez, elementos de espionaje que cobrarán mayor protagonismo en las dos novelas posteriores. Aquí los encarnan los personajes de Hobbs y Dorotea, así como Win, padre de Cayce.
Más que realista, la novela es reveladora: la traducción de su título en inglés es "reconocimiento de pautas". Eso es lo que interesa a Bigend y otros para hacer negocio a partir de los intereses latentes en la sociedad. Que sea un publicitario el que mueva la investigación sociológica puede interpretarse como una velada denuncia al mercantilismo de nuestra época, más expresa en las alergias del personaje principal y en su malestar al saber que su sensibilidad está siendo usada para contribuir a que el mundo sea homogéneo, a la globalización. En la medida en que el ciberpunk es un movimiento contestatario y antisistema, su acercamiento a la actualidad debía llevar a la publicidad y la sociología aplicada. Es lógico.


Gibson, William, País de espías, ed. Urano, Barcelona, 2009. Trad. Rafael Marín Trechera.
Spook Country, 2007

En cierto modo, se parece a Luz virtual, ya que todo gira en torno a la búsqueda de un objeto: un contenedor de mercancías. Este viaja de barco en barco sin desembarcar nunca en puerto alguno. Lo que contiene es un misterio que atrae a Hubertus Bigend, el publicista fundador de Hormiga Azul,  y piensa que la mejor para resolverlo es la excantante Hollis Henry. Su búsqueda constituye una de las tres tramas paralelas en que se estructura el libro, abandonado ya el minimalismo de Mundo Espejo. Las otras son la de Tito, joven espía miembro de una familia chino-cubana que habla en ruso, y que es elegido por el misterioso anciano que manda el contenedor por el mundo para que le haga unos trabajos de despiste y un trabajo final; y la última historia es la del agente especial Brown y su "secuestrado" Milgrim, traductor de ruso, enganchado a una extraña droga, que siguen a Tito.  Milgrim es, sin duda, el personaje más opaco del libro. No se sabrá quién es, de dónde sale, qué hacía antes ni qué hace después, aunque lo reencontraremos en el siguiente libro.
La explicación de la trama es un tanto complicada y también, al final, algo absurda, aunque no quiero decirlo aquí para no desvelar nada. Algo que sí parece quedar claro es el ambiente de paranoia y de desconfianza creado tras el 11-S, tema ya aparecido en su anterior libro pero que ahora se manifiesta en una atmósfera policial tensa y artísticamente utilitaria. Este aspecto cobra auge en esta novela. Si ya en la anterior la protagonista lamentaba contribuir a la uniformización del mundo, en esta la desconfianza de Hollis hacia Bigend se acrecienta. No le interesa a Bigend el arte por el arte (aquí el arte es locativo, virtual), sino sus repercusiones publicitarias. Gibson proporciona, dice el texto de la solapa, "una disección aguda e impiadosa de la sociedad actual". Por una vez, los textos de solapa aciertan. La parcela de mundo que nos muestra el autor está dividida en los que mandan y los que son manejados, en los que quieren hacer arte puro (música, "escultura", digamos) y los publicistas que lo mercantilizan todo. Además, dentro de la reducción tecnológica de los últimos textos de Gibson, merece la pena destacar la tecnología que sí aparece, y aquí abundan localizadores y GPS, menos importantes en su aspecto artístico que como elementos de control y seguimiento. Sin duda, esta tecnología ya ha dado que hablar (recordemos la polémica con Apple) y dará más juego en el futuro. Veremos.


Gibson, William, Historia Cero, ed. Urano, Barcelona, 2012. Trad. Rafael Marín Trechera.
Zero History, 2010.

A Bigend (su traje es del azul que se ve a la derecha) le preocupa que alguien esté haciendo uso de su estrategia de antimarketing con ropa vaquera de misterioso origen e inciertos puntos de venta. Para saber quién está detrás, contrata a la protagonista anterior, Hollis Henry que, como en la anterior ocasión, no le informará de lo que descubre, aunque nosotros sí lo sepamos y nos alegremos del reencuentro con personajes anteriores. Por otra parte, la historia se complica porque Bigend quiere parte del pastel de la industria de la moda militar, algo que también persiguen peligrosos personajes de pasado en el ejército dedicados al mercado negro... Esta es, en esencia la trama, la historia que se cuenta. Decir cuál es el sentido ya es más difícil. Definitivamente, el avión que venía del futuro ha aterrizado: estamos en 2010 y adivinar el futuro es, literalmente eso, adivinar, ya que Gibson parece que con cada nueva trilogía se desentiende de la anterior. Si no, el camino sería del Puente al Ensanche. Pero no está tan claro. No hay, como en las dos anteriores novelas, mucha tecnología. Casi toda está en los GPS y móviles. También cámaras, claro, omnipresentes en cualquier ciudad. La empresa de Bigend se va haciendo grande, enorme, pero se dice sin especificar. La crisis, al menos en Londres y Estados Unidos ya ha perdido casi toda su intensidad y se habla de ella en pasado. Pues qué suerte, porque en España seguimos con ella, parece que para rato. Parte del mensaje de Gibson, si no lo entiendo mal, es que el mundo avanza: queda sitio para guerra empresarial y nuevos negocios exitosos. El mundo del espionaje y los personajes intersticiales (por usar una palabra de las suyas), que se mueven por recovecos legales, está muy presente, quizá resultado de ese "espíritu de los tiempos" pos 11-S que se pretende desentrañar. La realidad actual contada con cierto distanciamiento y extrañeza hace que también a nosotros, que la vivimos, más o menos, nos extrañe. Por lo demás, no es un libro que vea como especialmente profundo. Más bien es entretenido, ligero. Parece uno de los que escribió a media trilogía, no al final, ya que deja más interrogantes que aclaraciones. Habrá que ver con qué nos aparece en el futuro: soy incapaz de preverlo. De momento, ha publicado un libro de artículos y ensayos, no de ficción, que no cuenta con traducción española: Distrut That Particular Flavor (Desconfía de ese sabor en concreto).

Además de estas nueve novelas, la obra de Gibson se completa con la novela en colaboración con Bruce Sterling La máquina diferencial y con el volumen de relatos Quemando Cromo, alguno incluido en Mirrorshades: una antología ciberpunk, recopilada por Sterling. Ya hablaré de ellos.



jueves, 8 de noviembre de 2012

Clive Barker. Novelas

Aunque Clive Barker, escritor inglés residente en Estados Unidos, es conocido sobre todo por sus cuentos, desgraciadamente aún no voy a hablar de ellos. Digo desgraciadamente porque son magníficos. No voy a hablar de ellos porque solo he leído dos tomos de los cuatro o cinco que tiene publicados en España y uno de ellos lo leí hace tantos años que no lo recuerdo bien.
Escribe relatos a medio camino del terror y la fantasía, predominando uno u otro en cuentos y novelas o manteniendo un conseguido equilibrio. Su fantasía, en todo caso, nunca es muy blanca, si bien yo creo que le gusta más esta que el terror y a ella dedica sus páginas más inolvidables. 
Por lo que he leído en sus libros, pienso que su tema favorito, su constante leit motiv, es el descubrimiento de un mundo de maravilla y magia detrás del oridinario al que solo se puede acceder muy costosamente y a través de severos sacrificios personales que algunos de sus personajes están dispuestos a realizar y otros no, pero se ven arrastrados a ese mundo extraño con sus leyes y todo lo que el cambio conlleva, sean metamorfosis permanentes o transitorias, pérdidas irreparables, imposibilidad de vuelta, incapacidad de readaptación, etcétera. También se da el happy end, no nos alarmemos. Pero ya digo que no es un escritor "para todos los públicos".
En cuanto a la calidad narrativa, sus novelas no conocen término medio: son muy buenas o malas. De las malas alguna se salva por las ideas, por el contenido, no por la forma. Otras, ni eso. Y las buenas, son excelentes, a la altura de sus cuentos. Vamos por orden.


Barker, Clive, El juego de las maldiciones, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. Trad. Juan José Llanos Collado.
The Damnation Game, 1985.

Aún no apunta los temas que luego veremos en su obra, pero sí se aprecia la fuerte originalidad de su terror. A los personajes los mueve la codicia de algún tipo; en esto no es original ni, seguramente, se puede serlo; pero los distingue de otros personajes más, digamos, estándar, el que estos tienen un fondo de insatisfacción no económica, afectiva o sexual, sino intelectual, por la que están dispuestos a llevar una vida de privaciones a cambio de escasos momentos de placer o del contacto efímero con el objeto de sus esfuerzos, que puede ser la demostración de una teoría o el desarrollo de un pensamiento o el descubrimiento de que, efectivamente, hay algo más allá de lo visible. En esto es un autor, además en casi todos sus relatos, muy fáustico.
El terror de esta novela se desarrolla a brochazos gruesos más bien gore: hay mutilaciones, canibalismo, podedumbre (mucha) y, en un plano más sutil pero no menos terrible, vacío existencial y sufrimiento de seres inocentes (cachorros, niños). El trazo realista es de lo mejor: Barker no tendría precio como escritor realista. Sus personajes, dejando de lado las transformaciones que sufren, son tan absolutamente normales, tan conseguidos, que uno piensa que podrían ser los vecinos de la puerta de al lado o, por momentos, uno mismo.
En esta novela la balanza cae más del lado del terror y menos del de la fantasía, por lo que la recomiendo más a los que gusten de ese género. 
Afortunadamente, y contra lo que suele suceder, después de muchos años descatalogada e inencontrable, la han reeditado no solo en edición cara, sino también en bolsillo. Una buena noticia editorial, por fin.


Barker, Clive, Sortilegio, ed. Plaza y Janés, Barcelona, 1988. Trad. Roger Vázquez de Parga.
Weaveworld, 1987.

Sin duda, la mejor novela de Barker. Para mí, es su obra maestra y merece un puesto de honor no solo en su blibliografía particular, sino en la de la literatura fantástica.
Además de un impresionante despliegue de imaginación, la historia se encuentra sólidamente construida, prueba de que, si se toma su tiempo, cosa que no hizo con Cabal ni otras, el autor descuella muy por encima de otros escritores y otros productos. Como muestra, y sin desvelar nada, reproduzco el principio y el final:
Nada empieza nunca.
No hay un primer momento: no hay una única palabra o lugar de los cuales esta historia o cualquier otra brote.
Las últimas palabras de la novela, tras un espectacular y bello desenlace, son:
Porque nada empieza nuca.
Y esta historia, al no tener comienzo, no tendrá final.
Señalo esto como detalle de la preocupación por la estructura, la trama, en este caso de configuración cíclica. Entre medias, toda una historia de unos mundos encerrados en otros, en objetos cotidianos (una alfombra, un libro) y de unos personajes inolvidables, humanos (Cucos), con poderes mágicos (Videntes) y de otras especies (¿ángeles?).
La eterna lucha del bien y el mal, encarnada por personajes bondadosos y pérfidos, no es tan maniquea como cabría suponer: muestran sus claroscuros y medias tintas unos y otros. Se dan malos entrañables (Hobart) y buenos con egoísmos, dudas y fisuras (Apolline, por ejemplo) completados por una pléyade de secundarios tan vivos como ellos.
Los libros, partes, capítulos y apartados se sucenden en una lograda alternancia de cambios espaciotemporales y, sobre todo, de tempos, al modo musical: de Lento a Vivace, podríamos decir: momentos de máxima tensión repletos de acontecimientos enmarcados por remansos de extática paz o tensa calma. La lectura es trempidante y de este libro sí se puede decir eso tan publicitario de que se cierra con pesar o que cualquier cosa que leas después parecerá mala por comparación. No se entiende (yo, al menos) por esto mismo que no se haya reeditado desde 1987 o poco después. Se trata de ediciones hoy caras y difíciles de comprar. Mal destino para la mejor obra de Barker, que posee todas las cualidades para ser un best seller de altísima calidad.


Barker, Clive, Cabal. Razas de noche, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. Trad. María Sánchez Salvador.
Cabal, 1988.

Parecerá que abogo por la coarción intelectual al decirlo, pero a mí me parece que algún editor, el que le publicó la novela o cuento o lo que sea esto en origen, debería haber hablado muy seriamente con Barker para que puliera lo que no pasa de ser un bruto, un  esbozo. Promete ser una obra magna y, de hecho, por internet y en las diversas publicidades del libro y la película, no se cansan de repetir (los interesados en obtener beneficios, claro) que es la novela de una peli de culto y que cuenta con miles de seguidores y patatín patatán. Vale. Pero al libro le faltan unos cuantos repasos para que no sea un diamante en bruto confundible con un pedrusco. La idea es buena, pero la forma... Hay redacciones escolares mejor escritas. Las razas de noche aparecen y viven bajo un cementerio. Punto. No esperes más. La novia del prota toma decisiones arriesgadas a partir de unos pensamientos que caben en un sello de correos y cuya profundidad es comparable a la de una palangana. El psicópata sí está más conseguido, pero seguramente sea porque su misma rareza, la de asesino en serie poseído por una personalidad alternativa somatizada o simbolizada en una burda careta (la que se ve en la portada, más o menos) lo aleja del lector corriente. En fin. ¿Merece la pena leerse? Sí, pero puede decepcionar. Se atisba lo que pretende, pero le faltó al escribirlo no sé si experiencia, trabajo, tiempo, ganas o motivación. Algo le falta, y creo que una nueva edición del autor "corregida y ampliada", como se dice en los manuales de texto, no le vendría mal. Encima, no está en bolsillo.


Barker, Clive, El gran espectáculo secreto, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2012. Trad. Raúl García Campos.
The Great and Secret Show, 1989.

Transcurridos más de diez años desde que la publicara Plaza y Janés, por fin se ha reeditado esta segunda gran novela de Barker. Es la más importante después de Sortilegio y mantiene algunos puntos en común con aquella, como la fantasía oculta tras la realidad (ese es "el gran espectáculo secreto" del título, el del mundo de los sueños y las fantasías). En este caso no es una tierra lo que hay más allá, sino un mar: Quididad, maravilloso lugar que los seres humanos visitan muy pocas veces en la vida. Randolph Jaffe lo quiere visitar más veces, y para ello hará lo que sea: es el motor de su existencia, su obsesión. En la búsqueda de la consecución de su deseo arrastrará a unos cuantos personajes memorables algunos de los cuales parecen extraídos de sus cuentos, y estoy pensando concretamente en el de La últma ilusión, de los Libros de Sangre 4 (Sangre 2 en mi antigua edición de la editorial Martínez Roca).
La forma esta vez no desmerece de la historia, y se encuentra hábilmente tramada en una red de personajes interrelacionados, causas y efectos no siempre evidentes que se irán conociendo poco a poco y que arrojarán luz sobre nuevos hechos y personajes inquietantes como el extraño y ambiguo Kissoon atrapado en su bucle temporal cercano al pueblo-decorado del desierto (recuerda mucho a la ciudad semivacía del relato En persona, también de los Libros de Sangre 4). El tempo está tan medido como en una sinfonía: momentos para cada uno de los personajes, revelaciones trascendentes, amor, sexo, lucha, pasión, intriga, odios, etc. que se irán entrelazando en complejos cuadros cambiantes. La parte realista se presenta con tal verosimilitud que parece que asistimos a un documental sobre la historia de una comunidad real estadounidense en Palomo Grove, de la cual se narra desde sus orígenes hasta su hundimiento. Aquí se dan cotilleos, voyeurismo, rivalidad de clases sociales, simpatías y antipatías, escándalos y vida de puertas para afuera y de puertas para adentro. De esta última, por cierto, me llamó la atención, como en El juego de las maldiciones, la cantidad de tiempo que pasa la gente en casa sin hacer nada o viendo la tele. Resulta raro y también difícil introducir esta nota en una novela, por muy corriente que sea esto en la vida diaria, y Barker lo borda.
La novela culmina con una extensa incursión en el mundo de la fantasía y un apabullante clímax con potencial destrucción del mundo entero, incluido sorprendente giro final con raíces históricas que se anunció antes en forma de enigma: ¿qué es Trinidad?
Si no se lee de un tirón es por sus 470 páginas de apretada letra de las que ninguna aburre o decepciona.


Barker, Clive, Hellraiser, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008. Trad. Marta García Martínez.
The Hellbound Heart, 1991.

El otro mundo, al que se accede a través de sacrificios severísimos, ocupa el centro de esta corta novela. Se inicia ex abrupto con un diálogo entre el aburrido y desencantado de la vida Frank y "la cosa" que le va a proporcionar el pase a lo diferente, previamente invocada por la abertura de una caja-puzzle antigua. El mundo extraño no se describe y solo Frank da algunos apuntes. En resumen, Frank trata de escapar de la dimensión a la que ha ido a parar para volver a la nuestra, y para ello necesita algunos sacrificios ajenos, esta vez involuntarios, y alguien que le ayude a dar el paso.
La verdad es que la novela no está mal. Me la esperaba peor por lo que había oído de la película, que no llegué a ver entera porque no me gustan las de ese género. Me temía que fuera a ser un libro más terrorífico, pero no lo es, o, al menos, el horror pasa por el tamiz de lo fantástico y es, a la vez, bastante humano y familiar (la cosa va de hermanos y cuñadas). El relato, que podría ser un cuento largo, se lee con interés y contiene buena parte de las recurrencias de Barker, algo de sexo añadido. Este es truculento, quizá reflejo de la tumultuosa vida sentimental del autor.
La portada es tan horrorosa que aunque el libro no fuera tan corto como es, se leería rápido para dejar de verla. Eso sí, es uno de los tres libros del autor que actualmente se pueden comprar de bolsillo, una buena noticia para lectores compulsivos.


Barker, Clive, Imajica: El Quinto Dominio / Imajica: La Reconcialición, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2006. Trad. Ana Isabel Domínguez.
Imajica: Book I: The Fifth Dominion / Imajica: Book II: The Reconciliation, 1991.

Puf. Decir que son malos es quedarse muy corto. Para alguien que sigue fielmente a este autor desde que lo descubrió en el 91, que ha perseguido la pista de sus libros descatalogados infatigablemente y que cuando se entera de que ha salido una nueva novela corre a comprarla pese al precio de los dos volúmenes (caros), supone una decepción enorme y profunda encontrarse con esto entre las manos y no saber por dónde cogerlo. Después de finalizar un tomo a trancas y barrancas, encontré que el segundo seguía igual y tuve que abandonar su lectura cuando me quedaban no sé si como 50 o 100 páginas para acabarlo. Pero es que da igual, porque la historia (¿hay historia?) no avanza; los personajes (¿quiénes eran?) no aportan nada, la fantasía es escasa y ramplona; de la acción (¿hacia dónde iba y de dónde venía?) no recuerdo una sola palabra. Es que nada se salva. Es un rollazo que no merece la pena leer ni regalado. Horroroso. La decepción que deja es profunda y, si a alguien le ha gustado, que lo exprese, porque no he leído ni una crítica buena por ahí. Bueno, sí, pero pocas, breves y no entusiastas, desde luego. Es una novela mala hasta decir basta.


Barker, Clive, El ladrón de días, ed. Grijalbo, Barcelona, 1993. Trad. Enric Canals.
The Thief of Always, 1992.

Aunque inencontrable ya en papel, existe por la web, y merece la pena leerse, ya que el Barker para niños no pierde carga. Se aprecia el esfuerzo por domar el caballo de la imaginación furiosa y negra que podría haberle llevado a escenas bastante fuertes de haber sido dirigidas al lector adulto.
La historia del niño aburrido al que embaucan para ir a un lugar de  continua diversión donde siempre pueda hacer lo que quiera no es superoriginal, pero tampoco está demasiado vista. Recuerda al entrañable clásico italiano Pinocho, de Carlo Collodi, cuya lectura recomiendo por no ser exactamente, ni siquiera aproximadamente, como la película de Disney. Más recientemente, viene a la memoria Coraline, de Neil Gaiman, y esta vez (no como con Miéville y Vance), parece que no soy el único que ve muchas concomitancias. Se recoge algo en algún foro y en estas preguntas a Gaiman (en inglés, me temo). Él dice, si no lo entiendo mal (el inglés, otra vez) que cuando ya estaba a medio escribir Coraline, leyó la contraportada de El ladrón de días, y nada más, y que años más tarde leyó la novela y no se parece tanto a su libro como se temía. Bueno. Habrá que creerselo (yo no me lo creo).
El libro, si bien dulcificado y con final feliz, contiene escenas bastante terroríficas más en su potencial que en su plasmación. Son muy evocadoras las imágenes de una sucesión de días donde siempre es primaveral la mañana, estival la tarde, anochecer de Halloween y navideña la noche. El escenario lo forman jardines engañosos que contienen peligrosos lagos, una casa encantada que alberga un tétrico ático y un oscuro sótano. Hay personajes escondidos y ambiguos, gatos que encuentran los caminos secretos (¿seguro que no se asomó por ahí Coraline?) y magia. Todo ello rodeando seres puros e inocentes: los niños.
Es un libro fantástico original y entretenido que se lee de un tirón y al que decoran atinadas ilustraciones que creo que son del mismo Barker, que también es dibujante.


Barker, Clive, Demonio de libro, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2009. Trad. María Sánchez Salvador.
Mr. B. Gone, 2007.

Aunque he escrito que no conoce término medio y que sus novelas son buenas o malas, esta parece ser mediana: no es mala pero tampoco es una novela memorable, la verdad.
Por motivos que se aclararán al final de la novela, un demonio se ve atrapado en el libro que leemos, en el cual él mismo cuenta sus hazañas, en primera persona, desde que lo pescan, literalmente, del noveno círculo del Infierno hasta mediados del siglo XV. El demonio apela al lector de una forma cansina y poco convincente en fragmentos cortos que alternan con el relato de sus correrías en compañía de otro demonio: Quitoon. Lo que hacen juntos es dedicarse a matar a quien quieren y poco más. Al final hay un encuentro de la fantasía con la historia y el señor B. (Botch, el demonio) paga el pato de su curiosidad.
Me recordó a un entrañable libro que tenía olvidado y que ahora tal vez relea: No soy un libro, de José María Merino. El juego tipográfico, por lo menos, era más divertido.
Este (vuelvo al de Barker) se deja leer sin mayor trascencencia. Ya digo que es más bien mediocre, si bien entretiene y, además, se ha publicado también en bolsillo.
Parece ser que en breve van a publicar Everville, la segunda parte de El gran espectáculo secreto. Habrá que ver cómo prosigue. Para mí, se cierra perfectamente, pero bueno. Siempre es un placer leer a Barker. Ya comentaré sus cuentos.

Barker, Clive, Abarat, ed. Oz, Barcelona, 2015. Trad. Vicky Vázquez
Abarat, 2002.

Es la primera novela de una serie que en inglés lleva ya tres volúmenes publicados. Yo no lo sabía, entre otras cosas porque la editorial no se ha "molestado" en informar de ello. Hay que tenerlo en cuenta porque, claro, la obra no termina. La historia de Candy Quackenbush, joven de la ciudad de Chickentown, inventada en Minnesota, Estados Unidos, no hace más que empezar. La chica, aburrida de tanta mediocridad y de los ataques de su profesora y compañeros de clase, se escapa del colegio para encontrar en medio de la nada un extraño faro de madera, un personaje con varias cabezas y una especie de ogro horrible que lo persigue. Candy desencadenará un mecanismo mágico (tema habitual en Barker) que hará que nuestro mundo y el de Abarat, archipiélago de veinticinco islas, conecten. De nuevo, el mar de la fantasía, como en El gran espectáculo secreto.
En el nuevo mundo, repleto de extraños seres, fauna y flora pecualiares, además de magia, Candy no pasará desapercibida: pronto la buscan los malos malísimos y pronto también encuentra ayudas inesperadas.
La imaginación de Barker es portentosa y su dominio del ritmo narrativo también. A través de una serie de persecuciones, huidas, entregas, pérdidas, caídas, reencuentros, búsquedas, descubrimientos y revelaciones, el autor nos introduce en el maravilloso mundo de las islas del reino mágico de Abarat. La lectura llega a poseer un interés vertiginoso: volvemos a leer al mejor Barker, sea para niños o no (la obra no es especialmente infantil). Pero, como decía, no termina. Nos quedamos con la miel en los labios. ¿Sacará esta editorial las otras dos partes de la obra existentes hasta el momento? Esperemos, y esperemos que no tarde mucho en hacerlo.


martes, 2 de octubre de 2012

Bruce Sterling (II)

(Ver también Bruce Sterling I)
Sterling, Bruce, Islas en la red, ed. Destino, Barcelona, 1990. Trad. Domingo Santos.
Islands in the Net, 1988.

A la pacificación total del mundo contrinbuyen conglomerados empresariales como Rizome. Estas empresas son algo más que zaibatsus a la japonesa (aparece el término en el libro), ya que llegan a sustituir incluso a los estados nacionales en misiones diplomáticas y sus "empleados" forman matrimonios, amistades, etc. 
En una de esas delicadas misiones diplomáticas destinada a acabar con las guerras entre los paraísos de datos y con esos paraísos en sí (estas son las islas en red a las que alude el título), se ven involucrados Laura Webster y su marido, David. Asesinan en su Albergue a uno de los representantes de paraísos, el de Granada, y eso desata la guerra entre Granada y Singapur, aunque Mali reivindica el atentado, pero nadie los cree porque está en África, y allí todo es desastroso. El matrimonio, acompañado por su bebé (Loretta), cree necesario contribuir a la investigación y apaciguamiento entre las naciones de Granada y Singapur y con este objeto se dirigen a Granada. Allí están conectados con Rizome mediante un alucinante aparataje de gafas-cámara, micros, etc. Esta parte del libro recuerda a la de La era del diamante, de Stephenson, cuando el protagonista va a ver una extraña obra de teatro a un barco. En la novela de Sterling también visistan un enorme barco donde se fabrica comida, nada menos. Lo mismo se inspiró Stephenson aquí para lo suyo. El caso es que luego Laura viaja a Singapur y termina, dada por muerta, en la vergonzante África, refugio de la criminalidad mundial, donde parece que la pacificación mundial ha sido un espejismo y va a volver a empezar todo de nuevo: guerras, conflictos, armas...
El relato es de corte más clásico que los anteriores que comenté de Sterling. Aquí aparece desde la primera línea a la última una única protagonista, Laura, cuyas peripecias se cuentan muy de cerca siguiéndola por todo el mundo en una narración lineal sin alteraciones cronológicas. Las referencias son reconocibles: nos encontramos en el cercano año 2023 al inicio de la novela (ahora más cercano que cuando se publicó el libro en 1988) y unos dos o tres años más tarde al final. Se alude a hechos conocidos y, pese al título y motivo, no destaca la presencia de la red, de internet, un acierto teniendo en cuenta que en el 88 estaría en pañales y sería difícil presuponer su alcance. Aún así, Sterling parece extrañamente clarividente por momentos (ya hemos tenido un presidente negro en los Estados Unidos, dice un personaje, y para 2023 es posible que solo haya sido Obama; manejan ecus, antepasado malogrado del euro; su Viena se parece a una CIA mundial). Las escenas de caos revolucionario y bélico están muy bien trazadas, así como el psicologismo de una Laura aislada y encerrada por más de dos años en una celda, episodio este de inesperada quietud en un relato tan tumultuoso.
La traducción, del conocido Domingo Santos, es buena, pero traducir "hardware" como "ferretería" no es muy logrado, y menos en temas informáticos. Por otra parte, los términos en francés, japonés y alemán, por muy intrascendentes que sean, no deben pasarse por alto, especialmente gesellschaft (compañía, sociedad...), que creo que lo usan los de Rizome para referirse al mundo de fuera.
Un detalle técnico: en las páginas 356-357, Laura pasa sin transición de un submarino a un avión sin mayores consecuencias. Esto, como sabemos, le produciría un síndrome de descompresión, detalle que parece escapársele al autor, lo cual me sorprende.
La novela, en fin, es mucho más legible que otras del autor, por lo que es buena para comenzar por esta. Sin embargo, está descatalogada. A ver si la reeditan pronto: se lo merece.


Sterling, Bruce, El fuego sagrado, ed. B, Barcelona, 1998. Trad. Pedro Jorge Romero.
Holy Fire, 1996.

La inmortalidad, tema querido de Sterling, se repite en este título, en este caso buscándola a través del arte. Se supone que de eso trata En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Pero aun con similar tema, no podía ser más dispar. Esta novela trata de una mujer muy mayor, Mia Ziemann, que con casi cien años se somete a un proceso de rejuvenicimiento avanzado que la reconvierte en una veinteañera. Se escapa a recorrer Europa y allí se dedica, como alimento de ese fuego sagrado que es el arte, a recibir clases de fotografía de un maestro. Bueno, y conoce a gente, se echa novietes, etc. El contexto lo ofrece una sociedad utópica donde todos viven bien, no hay robos, uno se puede colar en los aviones para ir a donde le apetezca, la policía es sumamente amable y los perros no solo hablan gracias a implantes, sino que además filosofan y presentan programas de televisión. El gran problema de esta sociedad es que los jóvenes se aburren y no encuentran su sitio... Vale. Yo no sé si con estos mimbres se puede confeccionar un buen cesto (lo dudo), pero sí sé que Sterling no lo ha conseguido. La novela aburre casi desde el principio. Superado el planteamiento y primera acción importante (presentación de ambiente y personajes y decisión de Mia de operarse, resultado positivo y escapada de esta al ancho mundo), el material novelístico se diluye en un seguimiento de la protagonista que no hace nada especial: conoce gente, se mete a modelo y luego hace fotos. Ni ella ni los demás personajes ni los acontecimientos conducen a ningún sitio. Lo peor no es esto, sino que ni siquiera se da tensión, ritmo, suspense. Cuesta avanzar por páginas de árida insulsez hasta el punto de que la tentación de abandonar la lectura resulta casi irresistible. A juzgar por los últimos libros de Sterling editados en España, desde el anterior (Islas en red) hasta el siguiente (Distracción), el camino ha sido descendente. Es una lástima tener que decir esto del autor de los magníficos relatos de Crystal Express y de Cismatrix. Veremos cómo evoluciona.



miércoles, 18 de julio de 2012

Christopher Priest

Este escritor británico es poco prolífico para lo que se estila en autores asociados a la ciencia ficción (15 novelas en 32 años). Y digo asociado porque sus obras no responden exactamente al canon de este género, si bien se reconocen temas y motivos propios.
Quizá no sea más prolífico porque se preocupa bastante por la estructuración del material narrativo; es decir, no se limita a contar algo de manera lineal dividiéndolo en capítulos, sino que ofrece diferentes puntos de vista de los hechos volviendo a ellos una o varias veces para descodificar la realidad desde la óptica de personajes muy diferentes en un juego perspectivista fuertemente psicológico que explota al máximo hasta llegar a la indiferenciación entre realidad y fantasía en algunos momentos. También aprovecha estos tres elementos: realidad, fantasía, percepción, para hacer de ellos el tema de la novela, su grueso o punto fuerte.
Actualmente, de su obra se pueden encontrar en España las tres novelas que voy a comentar.

Priest, Christopher, Un mundo invertido, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2010. Trad. de David Luque Cantos.
Inverted World, 1974.

Convendría no leer el texto de contraportada antes que la novela porque descubre aspectos que en el texto se van revelando paulatinamente de la mano del protagonista narrador, Helward Mann. Este descubre que vive en una ciudad rodante sobre vías que se van desmontando por detrás y montando por delante para que la cuidad avance. ¿Por qué? Esa es la pregunta del millón en la novela y que se adelanta, incorrectamente, en la contraportada. Se descubre como a la mitad de la novela y se aclara definitamente en el desenlace.
Aparecen perspectivas diferentes (¡y tanto!), puntos de vista, interrelaciones humanas contradictorias, gente a favor o en contra de esto o aquello; choques y encuentros y sorprendente revelación final. Vale. No es lo más importante, creo, aunque es lo que aporta la necesaria tensión al relato que, por otra parte, deja entrever modos muy ingleses en los cerrados gremios y la relación fría entre familiares y esposos. El terreno que atraviesa la ciudad en el transcurso de la novela es, en parte, España, y no salimos muy bien parados. Eso no me gustó demasiado y me sonó a tópico (vagos, violentos, supersticiosos, incultos y promiscuos). Menos mal que el personaje de Elizabeth Khan, la inglesa aquí afincada, nos saca las castañas del fuego...
El relato es original y sorprendente, aunque al truco se le ve un poco el cartón: es insostenible lo que plantea y se hace insostenible ya mucho antes del final, con lo cual la fuerza del desenlace se diluye en parte por la demora. Debemos tener en cuenta que esta es su tercera novela y que Priest afianzará su técnica más adelante.
Lo de la ciudad rodante ha tenido seguidores no reconocidos, como expresé al comentar El Consejo de Hierro, de China Miéville.

Priest, Christopher, La afirmación, ed. Minotauro, Barcelona, 2003. Trad. Matilde Horne.
The Affirmation, 1981.

Bellísima novela, imprescindible para los lectores de fantasía, cuando no para cualquiera que guste de leer un buen libro. No es de ciencia ficción, ni siquiera, seguramente, de fantasía al uso, porque esta no existe con independencia del protagonista, que lo elabora todo (¿o no?) en su cabeza. Pero nosotros estamos también en ella, ya que lo que leemos es su autobiografía escrita por él, o eso parece a ratos, ya que los límites entre la narración del proceso de escritura de la autobiografía, esta autobiografía, la realidad del protagonista, la de los demás y la realidad misma sustituida por otra, se funden, son permeables, cambiantes, solubles, al punto que no sabemos qué creer, cuál es la realidad: si la sordidez que perciben los otros, si la belleza del mundo de las islas, si lo que leemos, si los márgenes de esa escritura o qué. Ya se anuncia el caleidoscopio desde el principio con una afirmación (vaya) obvia y contundente: "De ciertas cosas, al menos, estoy seguro: Me llamo Peter Sinclair, soy inglés y tengo, o tenía veintinueve años". Lo que sigue contradice esta simple afirmación. Me recuerda la célebre de don Quijote, en el capítulo V, cuando dice: "—Yo sé quién soy respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia y aun todos los nueve de la Fama". Peter Sinclair será un atanasio (inmortal) feliz de viaje por el Archipiélago con Seri y un desgraciado fracasado que ha perdido todo. Ambas realidades se combinan y entremezclan hasta desembocar en un final que no es tal, y que, además, es previsible (yo lo preví), pero que con todo, es absolutamente espectacular, de los pocos que recuerdo últimamente que me haya emocionado. Es una joya auténtica: bella, bellísima.

Priest, Christopher, El prestigio, ed. Minotauro, Barcelona, 2006. Trad. Franca Borsani.
The Prestige, 1995.

Esta es su obra más conocida porque inspiró la película El truco final, del director Christopher Nolan, en 2006.
La novela presenta una estructura un tanto compleja que se sucede de la siguiente manera: el protagonista de la primera parte, Andrew Westley, situado en nuestra época, recibe el libro Métodos secretos de magia, de Alfred Borden, enviado por Katherine Angier, la cual le invita a pasar el día en su casa. Vale. La segunda parte es la lectura de ese libro, y nos remonta de los años 1901 a 1903. Se trata del diario de este mago, enfrentado a otro, Rupert Angier, a quien considera primero un estafador y luego, por desencuentros, un enemigo. Se dedican a putearse uno a otro sin remedio, aunque a ninguno de los dos les agrada la pelea. Borden, dueño de un espectacular truco inimitable, intenta hacer las paces, pero Angier no quiere. Pequeño inciso en el presente de Kate Angier contando a Westley un episodio aislado, incongruente de momento, que después se revelará fundamental. Continúa la vuelta al pasado con la historia de su antepasado, Rupert Angier, desde 1866 a 1904. Se ve por qué no quiere las paces con Borden en esta parte, narrada en primera persona (perspectivismo): vuelven a contarse los hechos desde otro punto de vista completamente diferente. Esta narración es la principal del libro y abarca unas 220 páginas. Aparece un personaje histórico real: Nikola Tesla cuando trabajaba en Colorado Springs, EE.UU, que también es real y coincide, claro, con lo de la novela: de 1899 a 1900, investigando con bolas de fuego y tormentas. En cierto sentido, esto es ciencia ficción como tal: especulativa de hasta dónde podrían haber llegado ciertos desarrollos científicos experimentales de Tesla, en la novela patrocinados por el mago.
Lo que resta, de vuelta al presente, es un escalofriante desenlace digno de novela de terror, muy logrado en su desarrollo, aunque debo decir que justo el final no me gustó pese a su espectacularidad porque me pareció que le habría sentado mejor un mayor desarrollo después del moroso discurrir anterior de la historia de Anger. Es decir, creo que deja mucho para el final y este se escabulle demasiado rápido en las últmas líneas del último párrafo. No obstante, la novela es sumamente atractiva y toca temas muy interesantes sobre la desconfianza, la incomprensión, la incomunicación, el rencor, la identidad, los dobles, la familia (algo frío en este punto), la profesionalidad, etcétera.
Christopher Priest ha sido poco e irregularmente publicado en nuestro país, y eso debería cambiar. Es un escritor de altura, entretenido y profundo, de registro variable entre el futuro lejano, el pasado histórico y la instropección psicológica; un autor un tanto inclasificable que debería tener un público lector amplio, no exclusivo de ciencia ficción, sino de narrativa buena, sin más etiquetas de género.


viernes, 22 de junio de 2012

China Miéville. Toda su bibliografía en castellano

China Miéville, escritor (hombre) inglés, saltó a la fama con  La estación de la calle Perdido, novela de fantasía original, larga, barroca, densa y deslumbrante, a la que siguieron otras dos ambientadas en el mismo universo, el del Bas-Lag, creación suya y que no parece inspirada directamente en Tolkien, lo cual es destacable en un libro de este género. A raíz del éxito, se han publicado en España otras novelas suyas: la primera y la última. Paradójicamente, también se han dejado de publicar otras que ya estaban, como El Azogue.
El viaje de Miéville al reino de la fantasía ha sido de ida y vuelta hasta el momento, pero yo creo que volverá: un autor con tal capacidad inventiva no puede quedarse en la realidad mucho tiempo. De hecho, comparadas con la exuberante fabulación del mundo de Nueva Crobuzón, parecen más realistas de lo que son las otras novelas que voy a comentar; pero su grado de ilusión es también sumamente elevado.
En esta entrada aparecen toda su obra publicada en español.

Miéville, China, El azogue, ed. Interzona, Buenos Aires,  2006. Trad. Marcelo Cohen.
The Tain, 2002.

En capítulos alternos se nos narra paralelamente la historia de Sholl, un superviviente de la guerra que ha devastado Londres, y la de un imago, enemigo de los seres humanos. Los imagos son seres habitantes de los espejos, obligados a reflejarnos por siglos desde que perdieron la anterior batalla contra el legendario Emperador Amarillo. Ahora, han encontrado la forma de escapar y el resultado se nos muestra en un Londres desértico, de pocos seres humanos asustados y huidizos. Los imagos han ganado la guerra, pero el protagonista Sholl no se resigna: busca una salida. En un camino paralelo, su homólogo imago se cruzará con él, buscando también una respuesta, en este caso más existencial. Al final, las historias de ambos, en un bello juego literario, se cruzarán simétricamente como reflejadas.
El juego de los espejos que reflejan Londres se retomará, de otra forma, en Un  Lun Dun.
La novela, corta (apenas 100 páginas), es interesante pese a los cabos sueltos y falsas pistas que deja en el camino. El tema invita a un tratamiento más extenso, tanto de la rebelión de los imagos como de la guerra y sus consecuencias. El final también reclama mayor extensión. Sin embargo, merece la pena leerse. Se basa en una de las entradas de El libro de los seres imaginarios: "Animales de los espejos", de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, maravilloso bestiario fantástico. A mí me recordó una novela infantil-juvenil que leí cuando iba al colegio y que recuerdo con mucho cariño, aunque no la he releído desde entonces ni la tengo en mi biblioteca: se trata de La rebelión de los espejos, de Stella Maris Moragues Fedele. Si no me falla la memoria, el argumento era bastante parecido. En un bellísimo cuento de las Fábulas y leyendas de la mar, del excelente Álvaro Cunqueiro leemos: Hubo una época en la que, en el mundo, mandaba un gran pez terrible, asistido de un poderoso ejército escamoso, los cuales ejercían sobre el hombre y los animales no acuáticos una terrible tiranía. Pero un día un gran emperador misterioso logró, tras cruentas batallas y por medio de grandes magias, encerrar al gran pez y a sus ejércitos en un espejo... ¿Habrá leído Miéville a Cunqueiro?
Este libro, el de Miéville, fue publicado el mismo año que La cicatriz, en plena efervescencia fantástica. Merece reeditarse, ya que es difícil de encontrar en español: la editorial Interzona no es grande y es argentina: solo editó 1.500 ejemplares ya inencontrables. 
Leer a Miéville es un placer. Ojalá traduzcan y pongan a la venta pronto sus novelas pendientes.

Miéville, China, El Rey Rata, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2008. Trad. María Xoubanova Vázquez. 
King Rat, 1998.

Se trata de una inesperada revisión o epílogo del extraño pero muy conocido cuento El flautista de Hamelín. Y digo extraño porque es un cuento popular sin héroe y sin final feliz, donde el pueblo no queda bien parado y sufren los más inocentes: los niños, por no hablar de las ratas, que tampoco eran tan malas. Ambiguo, por tanto, muy adecuado para la base de una novela fantástica con toques negros.
Está ambientado en Londres y es muy urbano, pero el Londres que aparece es de callejones sin salida con cubos de basura -más parecidos en su imagen a los que aparecen en algunas pelis de Nueva York-; tejados inclinados y cornisas; oscuros túneles de metro; estaciones abandonadas; mohosas barcas en el río Támesis; calles recorridas a toda velocidad por una bici y, sobre todo, la ciudad bajo la ciudad: las cloacas. Está claro que el autor necesita una urbe a su medida para desarrollar adecuadamente la trama de sus narraciones, y esa será la Nueva Crobuzón posterior, cuyo germen vemos en este fantasmal Londres.
Aparecen curiosos personajes, también híbridos, que circularán libres por sus novelas posteriores. Simplemente diré que es muy original que en literatura se presenten animalizaciones literales (los reyes de las ratas, de las arañas -Anansi- y de los pájaros -Loplop-) con forma humana: algo más propio del teatro y que parece que el autor tomó de una representación de pantomima que vio de niño, según se cuenta en una Nota sobre el autor al final del libro.
Los jóvenes protagonistas son lo que en España llamaríamos "bakalas", sin sus connotaciones de drogadictos pasados de vueltas y "malotes". Estos son buenos chicos, apasionados de la música jungle: en fragmentos descriptivos aparece un amplio repertorio de términos musicales: boom, drum'n'bass, línea de bajo, samples, loopear, etc.
Hay un detective inteligente y tenaz: Crowley. Reaparecerá en el Borlú de La ciudad y la ciudad y en el Baron de Kraken.
En definitiva, a mí me parece una buena novela y me gusta el toque que le da la música electrónica, muy de los últimos noventa. Aquí hay una canción del año en que se escribió el libro, el 97, de música electrónica con flauta: Ali Baba, de Dreadzone. No es jungle, creo, asi que se puede escuchar plácidamente.

Miéville, China, La estación de la calle Perdido, ed. Puzzle, Madrid, 2006. Trad. Carlos Lacasa y Manuel Mata.
Perdido Street Station, 2000.

Nueva Crobuzón era la ciudad que reclamaba Miéville y que construyó a medida, con sus barrios dedicados a las diferentes extrañas razas que la habitan, y con su mundo alrededor, el del Bas-Lag. La ambientación ocupa muchas páginas que algunos leerán con agrado y a otros les resultarán tediosas por ralentizar la acción. A mí me gustaron porque las considero lo principal, más allá de la historia del garuda sin alas o los seres voladores que envenan el sueño de los urbanitas. La construcción de un universo con su geografía, estados, historia, culturas, habitantes, flora y fauna, leyes, etcétera, no es algo fácil, y el autor lo consigue, así como alejarse, escaparse de la realidad, lo cotidiano. Es un universo absolutamente remoto, sin referencias al mundo habitual. Resulta muy complicado conseguir este empeño sin fisuras, de un modo coherente, y yo creo que Miéville lo consigue sobradamente. Por otra parte, la acción en sí, el aspecto narrativo, es atractivo y atrapante: una sucesión de clímax y anticlímax esporádicos que aceleran de la mitad hacia el final y que mezclan varias tramas de formas insospechadas, a lo que contribuye cierto surrealismo reconocido y reconocible en, por ejemplo, las figuras de los rehechos o en, una de mis favoritas, las Tejedoras, "gigantescas arañas multidimensionales" (esto pone en el artículo de la Wikipedia sobre el Bas-Lag), o la embajada del Infierno en la ciudad.
Una fantasía de este calibre para mí se encuentra a la altura de La historia interminable o El señor de los Anillos, más cercana al primero, sin ser tan blanca, que al segundo. Repito que me parece destacable que alguien escriba fantasía pasando de Tolkien, que bastantes imitadores tiene ya.
Se suele etiquetar este libro y los de este tipo como "steampunk": toques victorianos, magia, oscuridad, poderes, barroquismo, preciosismo en la maquinaria, etc. Bueno, etiquetas.

Miéville, China, La cicatriz, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2002. Trad. Manuel Mata Álvarez-Santullano.
The Scar, 2002.

Se alude a los hechos de la novela anterior como sucedidos hace tiempo, pero no aparecen los mismos personajes ni siquiera el mismo lugar: se pueden leer por separado, aunque es mejor respetar el orden para que la inmersión en el peculiar universo narrativo sea más completa.
La protagonista, la lingüista Bellis Gelvino, realiza un viaje por mar cuando el barco en el que viaja de vuelta a Nueva Crobuzón es secuestrado por unos piratas que lo llevan a la ciudad flotante de Armada, compuesta de barcos. El escenario cambia, ya que aparecen las islas de los Anophelii, el Océano Hinchado, la alucinante ciudad submarina de Salkrikaltor, la cicatriz del título, etc.
A mí me gustó más que el anterior; está mejor, lo cual tiene mucho mérito en una (cuasi)continuación. La acción es trepidante, con sus remansos; las criaturas, más inquietantes aún (aparece un vampiro amable; los odiosos grindylow; los anophelii); la magia es original y se mezcla con, sorprendentemente, trazas de novela de espionaje (el pasaje de la fábrica de brújulas) y extraños ritos y figuritas que recuerdan, vagamente, al Lovecraft de Cthulhu... Las descripciones y la acción de algunas partes quitan el aliento y el final es, literalmente, alucinante (delirante, onírico, irreal). Desde luego, con este libro se puso el listón muy alto.
Actualmente es inencontrable, ya que no se ha reeditado desde su primera edición, que se liquidó a 5 euros hace unos años. La editorial esta sigue unas líneas un tanto erráticas: si te gusta un libro suyo, conviene adquirirlo cuanto antes o esperar que lo liquiden, pero sin demorarse mucho porque te quedas sin él.
La ilustración de cubierta, de Edward Miller, es tan bella que merecería la pena tener el libro solo por verla.

Miéville, China, El Consejo de Hierro, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2005. Trad. Manuel Mata Álvarez-Santullano.
Iron Council, 2004.

De las tres novelas del universo del Bas-Lag, es la más floja y aburrida. Dedica muchas líneas a la exposición de ideas políticas de tipo comunista. Nada que objetar en lo político, pero en una novela fantástica, estas ideas resultan chirriantes o, mejor dicho, resulta chirriante que no estén especialmente conectadas con la historia. Desde el punto de vista fantástico, lo más interesante son las aproximaciones de los del tren a la Mancha Cacotópica resultante de la Torsión en esa zona, donde "el espacio y el tiempo están enfermos". Aparece la magia de los gólems y, por otra parte, es muy interesante el desarrollo de la guerra fría entre Nueva Crobuzón y Tesh, guerra en la que esta última ciudad estado lanza terribles ataques taumatúrgicos contra sus enemigos.
El resto, ya digo, es un tanto banal y tedioso. No conviene comenzar a leer a Miéville por esta novela, o se corre el riesgo de no leer ninguna más. Cuesta llegar a la última de sus 428 páginas, aunque de momento no llegará nadie hasta que no lo reediten.
Un asunto algo espinoso es que, como diré más abajo al comentar La ciudad y la ciudad, el autor se "olvida" de agradecer a otros escritores sus contribuciones o aportaciones. Es decir, en una novela de 1974 titulada Un mundo invertido (Inverted World), de Christopher Priest, que comento en otro lugar, la localización principal es una ciudad rodante que avanza sobre unas vías que se van desmontando por detrás y colocando por delante. O sea, justo como El Consejo de Hierro. Mucha casualidad, ¿no?


Miéville, China, La ciudad y la ciudad, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2012. Trad. Silvia Schettin Pérez.
The City & the City, 2009.

Como es habitual en los libros de autores ingleses y estadounidenses, al comienzo  de este se incluye una página de agradecimientos donde Miéville dice sentirse en deuda con, entre otros, los escritores Chandler, Kafka, Kubin, Morris y Schulz. Vale. ¿Dónde cita la deuda contraída con Jack Vance? Porque resulta que el planteamiento de la novela es casi exactamente igual que el del cuento de Vance Ulan Dhor, del libro La Tierra moribunda, 1950, que fue publicado por Ultramar en España en 1986.
Según avanzaba en la novela, sentía una fuerte impresión de déjà vu, de estar leyendo una ampliación del cuento de Vance, hasta el punto de que me costaba centrarme en la historia de Miéville. No contribuye a despejar ambigüedades el hecho de que una de las ciudades se llame Ul Qoma, nombre muy parecido al del héroe de Vance Ulan Dhor, ni que en el subsuelo de Ul Qoma aparezcan extraños artefactos parte de una maquinaria de los antiguos pobladores de la ciudad, mientras que en el cuento Ulan Dhor los habitantes de Ampridatvir viven sobre una inmensa maquinaria que espera despertar. Los habitantes del cuento de Vance se dividen en los Verdes y los Grises, y no se ven unos a otros: se ignoran profundamente a causa de los colores de su ropa. Esta selección cromática es constante en la obra de Miéville. Leemos en la página 120 de Vance: "Los verdes se detenían junto a tenderetes pintados de verde [...] Vio dos grupos de chiquillos [...] jugando a diez pasos de distancia, sin dirigirse los unos a los otros ni la más leve ojeada". En la página 195 del libro de Miéville leemos: "Hay lugares [...] donde los niños ulqomnos y los niños beszelíes trepan cada uno a un lado del otro y obedecen las instrucciones susurradas de sus respectivos padres para que se desvean". Bueno, hay bastantes más concomitancias. ¿Qué dice China de esto? En una entrevista para un blog en inglés que parece ser de arquitectura, BLDGBLOG, dice que hay analogías de ciudades divididas en el mundo real y que C. J. Cherryh escribió un libro con una ciudad dividida al igual que, en cierto modo, hizo Jack Vance. En otra entrevista que reproducen varios blogs en inglés, dice que le gusta el ciclo de La Tierra Moribunda (Dying Earth) de Vance. Bueno. Yo creo que debería reconocer y aclarar la inmensa inspiración que ha recibido de este autor, que es evidente para cualquiera que lea ambos libros.
Y centrándonos en La ciudad y la ciudad, hay que decir que es una narración que, como las ciudades de Ul Qoma y Beszél, está tramada entre fantasía y novela negra, lo cual la hace muy atractiva por su indefinición: no se sabe de qué lado va a caer finalmente. Creo que este es el mayor acierto de la novela. Se lee muy rápido y es apasionante, si bien algunos aspectos no convencen del todo: la Brecha, si es lo que se dice en la página 246 (no voy a desvelar nada para el que no lo haya leído), no cuadra con que sea algo que hace desaparecer para siempre a los que atrapa, y como esto algo más: el fondo ese de la división tan rígida pero tan quebrantable es bastante inverosímil, pero ya digo que atrapa irremisiblemente al lector.
Esta es su última novela publicada en España, pero es de 2009 y desde entonces ha publicado en inglés al menos otras dos: Embassytown, de ciencia ficción, y Railsea. Ojalá vean pronto la luz en el mundo hispano, así como algunas antiguas inéditas por aquí, como Kraken. Es un gran escritor que todo lector de ficción debe conocer.

Miéville, China, Kraken, ed. La Factoría de Ideas, Madrid, 2013. Trad. Beatriz Ruiz Jara.
Kraken, 2010.

Aunque su arranque -el robo de un calamar gigante del museo de Historia Natural de Londres con la consiguiente llamada a la policía- podria hacer suponer que nos encontramos ante una novela realista, pronto queda claro que no es así. Los elementos mágicos irrumpen con fuerza desdibujando una ciudad más o menos normal para dar paso a una gigante colmena de cultos esotéricos plagada de fenómenos paranormales.
La inspiración del fondo del relato: la ciudad de Londres considerada como objeto de culto, parece haber surgido de los párrafos iniciales del capítulo 13 de la novela  Howards End (1910), de E. M. Forster. En estos magistrales párrafos (es difícil encontrar párrafos que no lo sean en Forster), leemos: "Londres podría ser la cuna de una nueva religión; no la religión decorosa de los teólogos, sino una religión antropomórfica y cruda". Antes dijo: "Ya no está de moda hablar mal de Londres [...]. Londres fascina. Su imagen es la imagen de un cuerpo gris y palpitante, de una inteligencia sin objeto, de una excitación sin amor; un espíritu que cambia sin dar tiempo a que se escriba su crónica; un corazón que late sin pulsación humana, más allá de cualquier otra cosa". Recuérdese lo que he subrayado cuando se lea el final de Kraken.
Como es habitual en Miéville, dos tramas entrelazadas se superponen desde el principio alternándose, cruzándose, encontrándose y desviándose: la búsqueda del calamar gigante, considerado un dios por una de las sectas londinenses (los teuthis o "krakis"), y la indagación de las causas del robo, sin sentido aparente, llevada a cabo por varias facciones que a veces se ayudan y a veces se estorban entre sí. Están los buenos: Billy Harrow con los teuthis y la policía, sin actuar juntos; y los malos: los demoniacos Goss y Subby y la despiadada banda del Tatuaje. Paralelamente, la inocente Marge, novia de Leon, asesinado en el capítulo 9 por Goss y Subby, emprende la peligrosa búsqueda de su novio primero y la venganza después por un camino que la llevará a recorrer cultos y  extrañas embajadas: la del mar. Esto recuerda la embajada del Infierno de La estación de la calle Perdido. Otra imagen original de Miéville, retomada de El Rey Rata, es la chica pegada a unos auriculares. En este caso, Marge adquiere un viejo iPod con un genio que se alimenta de música, un "guardacorde". Si va escuchándolo cuando haya problemas, correrá menos peligro. El genio funciona mejor con unas canciones y grupos que con otros. Miéville los detalla en una simbiosis increíble de magia, peligro, talismán y música pop que resulta sencillamente genial. El capítulo donde Margie compra el iPod, el 59, es asimismo profético. Su autor va dando pistas de cuál será el final sin que por ello deje de sorprendernos cuando llega.
La novela es trepidante desde el principio. Miéville sitúa como protagonista a un joven ignorante alrededor del cual se va desarrollando un fantasmal y brutal entramado que lo anonada a él a la vez que a nosotros, logrando nuestra empatía completa de lectores. Los impactos iniciales no decaen y la novela alterna descubrimientos, tramas, personajes, acciones, persecuciones, escapadas, violencia, suposiciones, revelaciones, pistas, falsas pistas, apariciones y magia a un ritmo creciente que alcanza cotas verdaderamente delirantes que impedirá al lector cerrar el libro. En ese sentido, más allá de que suscite profundas reflexiones, el libro es una obra maestra en su género. Es alucinante.
Por ponerle una pega, creo que merecida, es una obra cuyo único espacio es Londres: sus calles, arrabales, suburbios, lugares secretos... Quizá la nota de amor a la ciudad es muy subida. No conozco Londres, pero dudo que sea el cielo en la tierra, y tanta alabanza huele a chovinismo: "El puto Soho estaba de lo más encantador esa noche [...]. Marge jugaba con sus amigos y, simplemente, estaba en Londres". Suficiente para ser feliz. Hacia el final del libro cobrarán mucho protagonismo los "londromantes", consagrados a la adoración de su ciudad. Es parte de la ficción, pero tanto caerse la baba es chovinismo, o quizá interés político, además de que al autor le guste su ciudad, claro; pero es exagerado. De todos modos, la novela es apabullante; atrapa sin remisión a quien la empiece. Chapó.

Miéville, China, Embassytown. La ciudad Embajada, ed. Fantascy, Barcelona, 2013. Trad. Gemma Rovira.
Embassytown, 2011.

Por alguna razón, las pocas veces que se ha producido la unión de lingüística y ciencia ficción no ha dado buenos frutos. Seguramente, porque como dijo Chomsky, si un extraterrestre observara las lenguas humanas, llegaría a la conclusión de que todos hablamos la misma con ligeras variantes. O sea, que no podemos trascender nuestra capacidad lingüística ni, por tanto, imaginar algo que se salga de los modelos ostensión-inferencia y codificación-descodificación. Tampoco funciona lo de relacionar fonemas y psicología, algo que parece gustar a autores anglosajones (Jack Vance, Tolkien, Lovecraft, por citar algunos).
China intenta, en su primer libro de ciencia ficción, imaginar este imposible concibiendo unos extraterrestres cuyo lenguaje no cumple las características humanas de inmotivación o arbitrariedad de la palabra respecto a su concepto. La relación entre palabras y "cosas" es sumamente compleja, y es un motivo de estudio clásico de la filosofía y la lingüística que, en cierto sentido, quedó ya zanjado por Saussure en su Curso, por no hablar de Aristóteles ("las palabras habladas son símbolos"). Saltarse este principio para terminar cayendo en él es querer reinventar la rueda, y es la sensación que da cuando se termina de leer este libro. El motor de la acción es la alteración que supone en los extraterrestres escuchar su lengua de boca de unos peculiares humanos (la lengua de los Anfitriones, los "Ariekei", solo es entendida por ellos si es emitida por dos hablantes simultáneamente). Estos embajadores producen en los alienígenas un éxtasis comparable al de la droga que les induce a cometer actos violentos. La solución final vendrá por el descubrimiento de que los alienígenas son capaces, si se esfuerzan, en comprender y emitir palabras no motivadas por sus conceptos o referentes. Lo dicho: volvemos a la rueda. Además, el tema lingüístico es arduo y, aunque pueda parecerlo, se presta poco a la fabulación. Yo mismo, que por trabajo, estudio y placer leo mucho sobre lingüística, encontré la novela poco interesante y pesada. Seguro que alguien con menos interés en la materia la puede encontrar peor aún. La lingüística, por cierto, ya la introdujo Miéville con mayor éxito en otra de sus novelas: La Cicatriz, cuya protagonista es intérprete.
Mejor hubiera sido, en mi opinión, que explotara otros hallazgos como los de la cohabitación planetaria entre varias razas inteligentes, la fabricación de objetos semivivos o la exploración espacial tan original que plantea (el "ínmer"). Pero incluso para esta forma de recorrer el espacio recurre a términos lingüísticos sausserianos: "Este espacio donde vivimos [...] es la langue de la que nuestra realidad es una parole" (p. 48). El Curso de Saussure es un monumento, de acuerdo, aunque debemos reconocer que no vale para todo. Estos hallazgos, decía, lo mejor, aparecen como telón de fondo de una confusa historia sobre drogas lingüísticas, planes políticos de alto nivel y guerras absurdas.
Si por algo destaca la novela es por su atrevimiento; también es reseñable la gracia de la voz narradora, la de la protagonista, la inmersora Avvie; aunque visto de otra forma, la primera persona en una novela de este tipo, no centrada en lo psicológico o vivencial también puede verse como una limitación autoimpuesta por torpeza, un lastre más.

Miéville, China, Un Lun Dun, ed. Oz, Barcelona, 2015. Trad. Gema Facal y Joan Eloi Roca.
Un Lun Dun, 2007. 

Se supone que esta novela se dirige a un público adolescente, juvenil, aunque más allá de que la protagonice una quinceañera, puede leerse como cualquier otra de su autor; no es infantil ni facilona, en absoluto.
El relato está plagado de juegos literarios y metaliterarios, con referencias claras a la Alicia de Carroll y a otras obras. Seguramente, el argumento principal del libro se basa en el diálogo que mantiene Alicia con la oruga en la película de Walt (comentaré algo sobre esto al final).
El argumento es el siguiente: Zanna y Deeba, dos amigas de colegio y barrio, se encuentran, tras una serie de hechos raros (los animales las miran; gente que no conocen saluda a Zanna) persiguiendo a un paraguas roto por las calles de su barrio. Lo siguen hasta un sótano donde, tras dar vueltas a una especie de rueda/manivela, se encuentran en otra ciudad gemela de Londres: Alondres (la recreación del arranque de Alicia está clara). Allí el sol es el "asol", la luna es "muna", la basura está viva, etc. En Alondres, Zanna es saludada como la "Shuasí": la choisi en francés: la elegida. Se supone que es quien salvará la ciudad del ataque del terrible Esmog: una nube de sucio humo negro que se alimenta de fuego. Zanna, que realmente no hace gran cosa, encontrará un valiosísimo aliado en su lucha: Rotanrol, el Pasagüísimo, señor de los pasaguas: los paraguas rotos. Tras un ataque del Esmog a Zanna, no previsto por el Libro parlante, repleto de profecías fallidas y datos poco útiles, las amigas regresan a Londres a tiempo para evitar que el peligroso "efecto flema" haga que las olviden del todo sus familias y amigos. Ahí podría terminar el libro, cuando llevamos un tercio de la novela, entre los capítulos 30 y 33. Sería una novelita corta original, algo coja pero válida. Sin embargo, en un sorprendente giro que arrastrará otros cambios imprevistos y cada vez más y más sorprendentes y difíciles, el autor se supera a sí mismo arrancando la verdadera novela que llevaba dentro y que nos sumergirá en un mundo de bibliotecas interconectadas por kilómetros de abismos de repisas repletas de libros (la Fosa Recogepalabras); de barrios totalmente habitados por fantasmas (Espectralia) muy eficaces con la burocracia; de peligrosas jirafas carnívoras; huidas desesperadas; casas convertidas en junglas mortales; palabras que cobran vida; catedrales ocupadas por Viudanas Negras  (escalofriantes arañas gigantes que transportan ventanas a otros mundos, recuerdo de las Tejedoras de La estación de la calle Perdido), armas delirantes, capturas, escapadas, planes, traiciones, muertes, encuentros, desencuentros, apariciones y desapariciones... Personajes como los rehechos, cartones de leche animados (la mascota Cuajo), los binjas (cubos de basura luchadores como el de la portada), buzos misteriosos (Skool), animales de todo tipo, fantasmas, semifantasmas... lo más exótico aquí puede que sea la ministra de medio ambiente (Elizabeth Rewley). La variedad y suspense de las situaciones y personajes deja sin aliento. Es increíble cómo se suceden las maravillas a un ritmo frenético en una lectura a varios niveles: la historia, las referencias, la novela de género y la huida de los tópicos genéricos.
Miéville evita específicamente caer en tópicos fantásticos, a veces negándolos sin más (los gatos son, precisamente, los animales que menos interés tienen en el viaje entre dos mundos), otras veces parodiándolos (la protagonista, que finalmente será Deeba y no Zanna, es la "deselegida"; debería pasar por las típicas pruebas heroicas ("-¿Qué se supone que tenía que hacer? [...]. -Bueno... -dijo el libro-. Era lo típico de una elegida. Siete pruebas y en cada una recogería uno de los antiguos tesoros de Alondres. Al final, conseguiría el arma más poderosa de toda la aburbe", p.225). El Libro parlante se equivoca...
La referencia más reconocible es, decía, Alicia, de Carroll. Miéville recrea versionándolo el célebre diálogo entre Alicia y Humpty-Dumpty, el que reproduzco en la entrada que le dedico. En realidad, lo que hace es fusionar este diálogo con el que mantiene la Alicia de Walt Disney con la oruga subida en la seta; la oruga cuyos aros de humo se van enredando alredeor de Alicia y flotando. Parece que todo el libro se basa en estas imágenes, de hecho. Miéville cita otros autores. A la mayoría no los conozco. No cita, sin embargo, a Mario Levrero. No sé si lo habrá leído, pero a mí me parece que el episodio de la casa bosque está claramente inspirado en el cuento La casa abandonada. Algo en la disposición de Un Lun Dun me recuerda también a Caza de conejos (la estructura en prólogo, 99 capítulos y epílogo), además de cierto surrealismo reconocidamente daliniano. Otras referencias, indirectas, que encuentro son a Terry Pratchett (el humor fantástico recuerda al de Mundodisco) y una graciosa alusión a Ron (p. 223), de Harry Potter, como el típico acompañante gracioso del héroe (¿pullita a J. K. Rowling?).
La novela es magnífica, eletrizante; el mejor Miéville. Es un placer leerla de cabo a rabo.